Todos los años unas tribus de modistas falsarios plantaban sus boutiques en el centro, y con megáfonos promocionaban sus mercancías.
Así que pagó mucho dinero con ese fin.
La Emperatriz no logró disuadirlo.
—Pronto seré el mejor vestido y conocedor de su corte —proclamaba el emperador.
José Arcadio Buendía le presentó el espejo al Emperador promocionándolo como el último invento de los sabios alquimistas de Caigüire.
Cuando el emperador fue falsamente vestido y puesto frente al espejo, supo en ese momento que había sido hasta ahora solo un idólatra y un tonto Emperador fácil de engañar.
De ese modo ordenó que los modistas falsarios marcharan desnudos por la Calle de Los Olivos de Macondo y nombró a José Arcadio Buendía, Ministro Plenipotenciario de la Corte.
Decretó la colocación del espejo a la entrada del pueblo y la gente podía con solo decir: “Dios salve al Emperador” conocer la fecha y la hora exacta de su muerte.
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