Hace ya demasiados días, y robo con allanamiento y secuestro de por medio (experiencia que exorcizaré algún día en un relato), publiqué la segunda parte de la segunda serie de post sobre contenidos de calidad. La titulé Rítmica para escritores , pretendiendo con ello dar la idea de que trataría aspectos del ritmo textual como parte de los elementos que se deben trabajar cuando queremos que nuestros escritos tengan calidad.
No sé si el nombre resultó adecuado, pues, bajo el rótulo que escogí, englobé rasgos que tal vez podrían considerarse adscritos a otros ámbitos. Sin embargo, persistiré en la línea de desarrollo iniciada por dos razones: no pretendo acá dictar cátedra de extremado rigor científico y, además, pretendo divertirme compartiendo con quienes tengan la amabilidad de leer lo que mi intuición de escritora me indica que puede ser útil. Dicho esto, agradezco enormemente la visita de quienes leyeron mi post anterior e hicieron comentarios tan inteligentes y sensibles. Espero poder justificar todo lo enriquecedores que fueron para mí.
Recordándolos puedo refugiarme en sus comentarios como recordatorio de que existe la bondad, muy a pesar de los monstruos que quisieran aplastarnos.
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Gracias, por tus deseos; gracias,
por tu comprensión de la fluidez; gracias,
por el comentario justo, la palabra firme y por estar allí; gracias,
por tu encantadora disposición para aprender; gracias
, por las expresiones que te salen naturales y que te envidio; gracias,
porque eres música y una vez me llamaste lentejuela; gracias,
por tu cariño y tu apreciación inteligente y sensible; gracias,
por hacerme saber que disfruta mis textos (su lectura me enorgullece); gracias,
porque eres movimiento; gracias,
por todas las palabras que tan intensamente trabajas; gracias,
, maestro de la elegancia y la reflexión; gracias,
por la inteligencia y el garbo y por tu corazón amado; gracias,
por traducir en el abrazo tu juicioso cariño; gracias,
por la poesía; gracias,
por los cuentos y por las tardes de apredizaje; gracias,
por la brillantez de tus imágenes; gracias,
, por invitarme a leer esa novela cuya crítica aún debo; gracias,
, corazón brillante, hada de cuentos; gracias,
, mago del son y el ritmo; gracias,
por la apreciación certera.
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Gracias, amigos de Steemit, por construir este planeta.
Hagamos un experimento de observación poética:
En la parte anterior hacíamos notar que el ritmo textual no era solo un asunto de forma, sino también de contenido. Con ello queríamos introducir varios aspectos que conforman un conglomerado complejo en el texto, pero del cual debemos estar conscientes para hacerlo jugar a nuestro favor, independientemente del género que estemos trabajando.
Escribir con atención plena a este hecho nos obliga a distribuir los bloques textuales de manera que el contenido, los énfasis y sus jerarquías, se acoplen al ritmo verbal que vamos imprimiendo, mientras sopesamos la extensión y modos de las pausas.
Iniciemos la observación de una forma más concreta:
En un poema tenemos cuatro tipos de pausas que debemos utilizar sabiamente y con gracia: las pausas versales, las pausas estróficas, la pausa final y las pausas intermedias. Veamos:
Seguramente conocen las pausas estróficas y versales. Son pausas obligatorias. Como sus nombres indican, son las pausas que se hacen al final de las estrofas y los versos. Estas pausas puede romperse o reforzarse, según el autor lo marque con un signo de puntuación o haga uso de la esticomitia (ajuste perfecto de sentido y verso) o según la ejecución del texto decida romperla, como ocurre con la lectura de los encabalgamientos (cuando el sentido supera la unidad del verso). La pausas estrófica y versal siempre estarán allí, reforzadas o rotas. Son elementos obligados por la forma figurativa del poema. Dentro de las pausas versales debemos incluir la cesura, o pausa fuerte que divide a un verso compuesto (de más de doce sílabas métricas) en dos hemistiquios, a los cuales afectan todos los fenómenos métricos que inciden en el verso.
Las pausas intermedias, por su parte, no son obligatorias y se hacen en medio de los versos. No responden sino a las necesidades sintácticas y semánticas de los enunciados. Pueden estar sujetas a licencias poéticas.
Hasta acá llegaremos en estas precisiones, pero si te interesa ahondar en el asunto (y te lo recomiendo: la métrica y la retórica son paisajes hermosos poblados de exóticas y amigables criaturas, si sabes cómo acariciar sus tersos lomos), puedes empezar por aquí.
Tomemos como escenario, para mejor ver lo que quiero hacer entender, un poema del maestro Rubén Darío que viene muy al caso: Ama tu ritmo…
Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.
La celeste unidad que presupones
hará brotar en ti mundos diversos,
y al resonar tus números dispersos
pitagoriza en tus constelaciones.
Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;
mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.
En el poema anterior, tenemos cuatro estrofas, pues se trata de un soneto. Las dos primeras tienen cuatro versos endecasílabos; las dos últimas tienen tres de la misma medida. Al final de cada verso hay una pausa versal. En el final de las estrofas, pausa versal y pausa estrófica coinciden. Ambos tipos de pausa son obligatorias, pero pueden verse ignoradas en la lectura del poema si el lector toma la decisión de privilegiar el contenido por encima de la forma. Esta posibilidad se presenta en estos casos:
Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
(...)
Escucha la retórica divina
del pájaro del aire y la nocturna
irradiación geométrica adivina;
En estos casos, el lector puede optar por la lectura más artificiosa y respetar todas las pausas versales o escoger una opción de ejecución que respete la secuencias de sentido por encima de los períodos versales; así:
Ama tu ritmo y ritma tus acciones bajo su ley,
así como tus versos;
Escucha la retórica divina del pájaro del aire
y la nocturna irradiación geométrica adivina;
Como se puede apreciar, esta última es una lectura más natural, pero queda a juicio del ejecutante, a su oído, a su sentido rítmico e, incluso, a usos de época. Es muy probable que en los salones contemporáneos a Darío, en los cuales se leía o declamaba su poesía, se optara por el modo más artificioso, dada la preferencia estética de los modernistas por lo extraño y formalmente distanciado de los usos comunes.
En cuanto a las pausas intermedias presentes en el poema, podemos observar algunos aspectos que ilustran muy bien la utilidad de su manejo consciente para los escritores. Revisemos la primera estrofa:
Ama tu ritmo y ritma tus acciones
bajo su ley, así como tus versos;
eres un universo de universos
y tu alma una fuente de canciones.
La coma en posición intermedia del segundo verso cumple una doble función. Es requerida sintácticamente, por supuesto, pero también sirve para marcar el final del encabalgamiento abrupto (por darse antes de la quinta sílaba métrica del verso encabalgado). Esta marca de la pausa introduce un efecto rítmico preciso, casi obligando al ejecutante a suavisar la pausa versal ante el compromiso rítmico de hacer una pausa más o menos fuerte en posición tan próxima a esa pausa versal.
En el mismo segundo verso se ha hecho una elección de puntuación interesante para modelar la pausa versal: el punto y coma. Así como la coma que le antecede establece la valoración del requisito de pausa anterior en posición muy cercana, este signo es presentado en el poema como un repentino acto de libertad de ejecución, pues queda a juicio del ejecutante ajustarse a su interpretación semántica; en este caso, indicada por un signo que hubiera podido ser sustituido por un punto y seguido o dos puntos. Es decir, el ejecutante tiene que decidir si los dos versos posteriores al punto y coma serán interpretados como una explicación o como una afirmación conclusiva del hablante poético. En el primer caso, la pausa se suavisa (sin llegar al rango de la coma, por supuesto); en el segundo, se enfatiza (sin llegar al rango del punto, por supuesto).
Muy bien, estos rasgos formales podrían parecer un poco abrumadores.
Sin embargo, somos los lectores formidables máquinas de interpretación de sentido, y de producción de sentido. Los textos son artefactos con los que nos acoplamos maravillosamente para producir energía semántica.
Fuente de la imagen
Rubén Darío construye su pequeña máquina en el poema que hemos tomado como ejemplo. Maestro al fin, a un tiempo respeta y manipula a su favor las prescripciones de la tradición.
El soneto clásico está sometido a requisitos de forma, pero también de contenido. Se estila en él que la distribución de contenidos responda al siguiente esquema: tema (primer cuarteto), desarrollo (segundo cuarteto), conclusión (primer terceto) y cierre (último terceto o últimos versos del último terceto).
Rubén Darío respeta esa estructura de contenido.
Más o menos.
La vuelta final se aparta hábilmente de su aparentemente progresión de la lógica temática para enunciar el asunto que, quizá, es el que la voz poética le interesa enunciar: la poesía como resistencia ante la idea de la muerte.
Efectivamente, si seguimos el hilo semántico que teje el texto, en una lectura posible obtendremos esto:
Primer cuarteto (plnteamiento): "Ama tu ritmo" y vive y escribe "bajo su ley", pues es lo que te define dentro del universo.
Segundo cuarteto (desarrollo del planteamiento): Al descubrir tu ritmo (único en el universo), las ideas originales brotarán, así como la perfección de sus formas.
Primer terceto (conclusión): conecta tu ritmo con el ritmo de ese universo que te contiene, escúchalo.
Segundo cuarteto (cierre): no permitas que la tristeza te haga indiferente con el afuera; escucha, y si acaso te susurra la verdad definitiva de la muerte, construye joyas que te defiendan de esa certeza.
El cierre del argumento que se viene desarrollando a lo largo del texto me sorprende:
engarza perla y perla cristalina
en donde la verdad vuelca su urna.
Es un acto de rebeldía. Este hablante, que durante los cuartetos ha planteado la idea de resonar en armonía con el universo (suma de todos los ritmos), y que, durante el primer terceto y el primer verso del segundo, incita al tú de su palabra a abrirse al ritmo plural del dinamismo universal, no puede resistir ciertas verdades.
Asistimos al espectáculo de la forma que atrapa y modela esta idea rebelde: Planteamiento, desarrollo, conclusión, ¿cierre? No. Este hablante se resiste; y, por la vía de la idea, el ritmo transmuta en fuga.
Lecciones del maestro:
Somos ritmo celeste, somos la música y somos la cifra que mide la música.
Con oído atento al ritmo que nos trasciende, escuchemos nuestro pulso.
Guarda secretos.
Que nuestra voz sea la perla que hilamos contra la muerte.
Abrazos, amigos.
Nos vemos en el próximo post con un experimento narrativo.
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Nota al margen: la información anterior es tema apropiado para el debate del lugar de la inspiración en la creación
poética.