¡Hola amigos de steemit! Tenia tiempo sin pasarme por acá, creo que ya saben que tengo problemas con mi internet, pero no importa, hoy finalmente he podido entrar a la plataforma. Hace un mes empecé las clases, así que mi tiempo para hacer publicaciones se ha reducido. Me gustaría presentarles hoy un cuento que he hecho para niños entre 6-10 años que dejara una reflexión al final. Es una evaluación para ser más específica. En un momento de inspiración lo escribí. Espero les guste.
Lo necesario.
Entre lo más espeso de un bosque se vislumbraba a lo lejos una cabañita muy bonita, de tejado rojo y paredes blancas. Estaba rodeada de árboles frondosos que le proporcionaban sombra. Allí vivía una joven campesina, heredera de aquel humilde hogar. Su madre, su única familia, había muerto años antes, así que por sí sola había llevado una vida tranquila.
La naturaleza le brindaba lo necesario para subsistir. Tenía agua pura de un manantial que le quedaba muy cerca; alimento de los árboles y las plantas de un huerto que ella había creado. También tenía un caballo, un percherón marrón de patas blancas, muy hermoso y que se llamaba Tronco De Roble. A pesar de tener todo aquello se veía en la necesidad de visitar el pueblo más cercano para vender los productos que cosechaba y así comprar materiales que necesitaba, como ropa, calzado, o semillas de plantas que no tenía.
Iba al pueblo cada dos semanas. Ese día le había tocado ir, así que montó a Tronco de Roble y cabalgó. Al llegar montó un puestico con tablas viejas y empezó a vender junto a los demás pueblerinos que ya la conocían.
Pero, al igual que gente humilde, no faltaban los arrogantes ególatras que presumían de aquello que ella no necesitaba. Ese día en peculiar una señorita de vestido rosa muy ornamentado, con encajes blancos y una sombrilla que hacía juego con su vestimenta, fue a su puesto con un niño moreno de ropa raída. Miró a la joven con una sonrisa burlesca y en un tono hostil pidió unas ramas de cebollín.
—Se los das al mocoso, no me quiero ensuciar mis guantes blancos. ¡Costaron una fortuna!
La joven con una sonrisa le entregó lo que le había pedido al niño. Este le agradeció y le pagó lo que correspondía.
—Ten, toma unas monedas más, pareces necesitada. —Soltó de pronto la señorita del vestido rosa con cierta arrogancia en su voz.
—Gracias a su merced, pero no las necesito.
—¡Patrañas! ¿Cómo que no? Sólo mírate. Se nota de lejos que apenas y tienes con qué vestirte. Yo vivo rodeada de todo lo que necesito: comida deliciosa, vestidos de colores y de muy buena tela, zapatillas hechas por el mejor zapatero del pueblo, collares y aretes de oro. Tengo una carroza para movilizarme y un sirviente que hace todo lo que le pido. ¿Y tú que tienes? Ropa sucia y andrajosa, zapatos roídos, manos rústicas, y un aspecto de comer muy poco.
La joven contestó a sus señalamientos con una sonrisa. Al principio no planeaba responder, pero aquel niño pareció entristecerse, ¿y cómo no? Ambos eran iguales, sólo que ella sabía del valor de lo que tenía, y él no.
—Su merced se equivoca. Todo lo que usted tiene yo lo tengo. Vivo en una humilde casa, rodeada de robles y castaños que me brindan sombra y alimento cuando lo necesito; bebo agua de un manantial y logro hacer jugos muy deliciosos con los materiales que me brinda la naturaleza. Tengo ropa que me confeccionó mi madre y ropa que he comprado a las costureras más humildes de este pueblo. Tengo a mi fiel corcel que me lleva hacia donde lo requiera, y manos fuertes para hacer cualquier trabajo por mi cuenta. ¿Qué más puedo pedir? Las baratijas costosas y los vestidos despampanantes no son necesarios, así que no tengo porque tenerlos.
»A veces, cosas tan simples llegan a ser más importantes de lo que usted cree. Para mí, cuidar el hogar que he heredado y seguir viviendo rodeada de paz es todo lo que necesito. Tiene más valor que un collar de perlas. Recuerde, la pobreza no es la carencia de dinero, sino la falta de valores y autoestima.
La mujer, perpleja ante sus palabras, se retiró confundida, sin saber en realidad qué contestar. Mientras que el niño de ropa raída se acercó y le depositó en un beso en la mejilla. Antes de irse, murmuró:
—Gracias.
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