Sin contar con lo que la naturaleza depararía, amanecimos con un clima frío pero tolerante, todos entusiasmados, algunos ya habían tomado café, otros chocolate y hasta té de cereza por parte de los dueños de las casitas. Cada uno recogió su parte del campamento y juntos le dimos marcha a continuar nuestro camino a las Fauces del Diablo. Entre risas, alertas, avanzábamos poco a poco adentrándonos en la selva húmeda, un regocijo y plenitud grupal nos arropaba.
Yo trataba de quedarme en el medio, pero se me hacía difícil por la cantidad de flora tan espectacular que había, y quería hacerle foto a todo. Era como reconocer la belleza nuevamente, la final aceptación de que todos somos parte de esta gran hazaña, llamada naturaleza. Las gotas encima de las hojas lucían magistrales, ni hablar de las distintas flores, con sus combinaciones de colores, llenas de rocío. Hasta los árboles llenos de púas eran hermosos. era como el espejo de todo aquello que se siente pero en alguno momento perdemos por la cotidianidad.
Pensamos habíamos llegado, pues, encontramos unas cuevas pequeñas, pero hechas por el hombre, parecían casitas de duendes, con sus puertas, sillas y ventanitas. Allí, todo el grupo se turnó para hacerse fotografías, dicen que era parte de un proyecto de posada, yo me quedo con la historia de casita para duendes. La fantasía y la magia nos embriagaron durante la conversación, nos hacíamos uno con lo que imaginaba cada quien en ellas.
Finalmente, ante tanto deleite natural, llegamos al sitio para el campamento, sin embargo, entre tantos árboles ninguno distinguíamos las benditas cuevas, solo al acercarnos a un riachuelo, el guía señaló hacia donde estaba la entrada de una de ellas, allí empecé a pensar nuevamente ¿en dónde carrizo estoy metida y qué voy a hacer? Pero, sin desespero, esa sensación de compañía celestial o sobre natural me abrazaba.
¡Llegamoooooos!
Mientras nos fuimos acercando lentamente, para conocer el terreno y retratarlo, hacia frío y el olor del río era muy prominente. En eso, una extraña alegría nos rodeaba. Luego de armar el campamento, comer un poco y colocarnos la ropa adecuada, nos encomendamos a lo que sea que cada uno creía y confiando en el guía, nos adentramos a la cueva. ¡Vaya iniciación! Pero no puedo romper el pacto contándoles, deben ir y vivirlo. Luego de eso, les aseguro que se sentirán distinto. Ese comienzo despertó en cada uno el valor que desconocíamos y que otros habían olvidado poseían. La valentía y el atrevimiento se hicieron parte del grupo en esta etapa.
Creo nunca había sentido tal emoción, vamos por las cuevas.
Mira aquí la primera parte del viaje