La manera occidental de ver las fracturas, tanto de manera material como anímica, es totalmente distinta a la manera oriental; en occidente desechamos los objetos rotos porque ya dejan de servir, en cambio, en oriente su función es transformada en otra: en un mensaje, el objeto roto deja de ser una a cosa y se vuelve un gesto gráfico que nos llama a imitar su gran transformación. Esto es el kintsugi, una práctica que plantea la aceptación de las roturas como parte de la historia de un objeto y por lo tanto deben mostrarse y no ocultarse, ya que las cicatrices embellecen el objeto al poner de manifiesto su transformación.
El camino es fatal como la flecha,
pero en las grietas está Dios, que acecha.
Jorge Luis Borges.
Kintsugi significa literalmente “ligazón dorada” y se trata de la práctica japonesa del arte de reparar objetos rotos resaltando las grietas que marcan la ruptura, utilizando barniz o resina espolvoreada con oro. Los japoneses plantean con este arte que las grietas, fracturas o rupturas son parte de la historia de un objeto, lo vuelven único y por ende hay una gran belleza en la cicatriz o marca que debe ser exaltada para poder conferirle un mayor valor.
Debido a que para los artistas kintsugi las fisuras o cicatrices no deben ocultarse, el proceso de restauración no consiste en ocultar que alguna vez existió una ruptura, sino todo lo contrario. Una vez que el objeto se ha roto o al menos agrietado, se le coloca una pasta de resina y se le espolvorea oro antes de dejársele secar. De esta forma, la restauración del objeto representa una exaltación, una revalorización del mismo a partir de su historia, una celebración de sus defectos en vez de pretender que jamás existieron.
Esta es una práctica en la cual no solo encontramos una teoría estética sino una visión muy profunda de la realidad. Detrás del kintsugi subyace una noción que celebra la fragilidad de las cosas y sus accidentes, a diferencia de la idea occidental de que la belleza es la perfección. El reparar las piezas de cerámica rotas de forma que no se noten las grietas representaría una negación a los acontecimientos de la naturaleza y su realidad, y no solo eso, al no reparar las piezas no tendríamos recordatorio de la imperfección e impermanencia, ensalzado por la idea estética que es mezclar el polvo dorado con la cicatriz.
El kintsugi hace visible la fragilidad e impermanencia de las cosas al resaltar las grietas de la ruptura, a manera de objetos contemplativos, como queriendo hacernos ver la catástrofe pero sin querer repararlos de manera perfecta impulsivamente. Christy Bartlett escribe en Flickwerk: The Aesthetics of Mended Japanese Ceramic:
“No sólo no se intenta reparar el daño, sino que la reparación es literalmente iluminada... esto es una forma de expresión física del espíritu de mushin... Mushin es comúnmente traducido como "no-mente", pero conlleva la connotación de existir plenamente en el momento, de desapego, de ecuanimidad dentro de condiciones cambiantes... Las vicisitudes de la existencia a lo largo del tiempo, a los cuales los seres humanos son susceptibles, no podrían ser mejor expresadas que en los quiebres, golpes y destrozos a los cuales también la cerámica es susceptible. Esta agudeza o estética existencial ha sido conocida en Japón también como mono no aware, una sensibilidad compasiva, o tal vez una identificación con lo que está afuera de nosotros.”
Por otro lado, tenemos que la resiliencia es la capacidad que tiene una persona de superar circunstancias adversas o de dolor emocional, un término que proviene de la odontología y se refiere a la capacidad de los tejidos blandos de las piezas dentales para regenerarse una vez fisurados. El kintsugi me parece también aplicable a la vida; cuando suframos una experiencia o circunstancia traumática o negativa que haya dejado huella en nosotros, no intentemos hacer como si nada hubiera pasado, por el contrario, reconozcámosla y abracémosla, celebremos lo que ha dejado o aportado a nuestra vida, seamos resilientes y aprendamos a permitir a cada evento traumático de nuestra existencia convertirnos en personas más valiosas y sabias, a evolucionar.
Esas vasijas de cerámica rotas, agrietadas, con sus fisuras, heridas, son una especie de espejos en los que podemos ser capaces de vernos a nosotros mismos y aceptar nuestra naturaleza de cambio, degradación y error, tan frágil como la porcelana o el barro, pero de igual forma bella en transformación, especialmente en los momentos donde nos han golpeado esas adversidades, pero que nos han hecho crecer, más sabios y sensibles. ¿No es acaso la vulnerabilidad lo que nos permite unirnos a una persona y establecer un lazo de intimidad con ella? El poeta Rumi decía que la “la herida es el lugar por donde entra la luz”. La grieta representa un espacio y posibilidad de interpenetración, un atisbo de apertura.
Siempre he considerado las cicatrices como algo digno de admiración, me gusta decir que son los mejores tatuajes, porque representan un dolor más real, algo casi para presumir. El kintsugi es encontrarse algo valioso de manera inesperada y por casualidad debido a un descuido, una grieta por donde nos llega la iluminación, una exaltación de los defectos por sobre las virtudes. Sin duda el kintsugi es un arte, una metáfora en la cual la cicatriz se vuelve una oportunidad para enfrentarnos al mundo de manera silenciosa.