Vivimos en una realidad un tanto frenética, culturalmente le hemos dado privilegio a la funcionalidad y rapidez, tanto que hemos dado lugar a estilos de vida caracterizados por la frivolidad, estrés e incluso automatización de procesos que antes se podían llegar a percibir como muy enriquecedores. Una vez mencione que quería hablar de esos pequeños detalles o cosas que muchos pueden considerar triviales pero que me parecen muy sustanciales e importantes como seres humanos, en esta ocasión quiero hablar sobre un proceso que puede parecer a simple vista sin importancia pero que antes enriquecía nuestra vida de manera muy deleitante: el caminar
“La sedimentación de la presencia del paisaje en el cuerpo”.
Fréderic Gros.
Caminar a la deriva es un acto subversivo dentro del esquema acelerado que representa la vida actual. El caminar podría representar desde el no tener prisa de llegar a tu destino, es decir, una especie de protesta contra la actual noción de ser productivo y eficiente, hasta simplemente no tener la suficiente solvencia económica como para moverse de otra forma. Ahora, caminar sin un rumbo fijo actualmente podría considerársele como absurdo porque representaría un agravio de los valores culturales actuales (como la productividad o eficiencia). La actividad de caminar nos aligera, pues nos auto-reafirmamos no como seres aislados sino más bien como partes de ritmo que nos hace trascender; mientras caminamos ocurre que las barreras culturales se van diluyendo de manera rítmica hasta desaparecer, y es que caminar es una forma de reclamar el mundo. Ir a la deriva es un acto que se desliga de muchas exigencias socioculturales, en el que predomina la espontaneidad sobre la planeación y que descarta origen o destino, pues lo verdaderamente importante aquí es el trayecto; una actividad estética de manera existencial.
Como parte de su disciplina creativa, muchos filósofos, artistas y científicos han cultivado la costumbre de caminar. Ferris Jabr dice en su artículo sobre la ciencia de caminar que Thomas De Quincey calculó que el poeta William Wordsworth camino unas 80 millas a lo largo de su vida y que el fruto de muchas de estas caminatas fueron muchos poemas, incluso el mismo De Quincey narra en su libro sobre Kant cómo las caminatas habituales fueron instrumento para la formulación del pensamiento crítico del filósofo alemán. Nietzsche dijo incluso que “todas las grandes ideas se concibieron caminando”. El naturalista y novelista Henry David Thoreau, famoso por haber encontrado alimento de su literatura (y su ser) en el bosque, escribió también que “creo que en el momento en el que se empiezan a mover mis piernas mis pensamientos empiezan a fluir”.
Entonces, podría decirse que parecen estar inextricablemente vinculados el caminar y el escribir, al concebirse ambos como procesos paralelos que crean una continuidad entra la mente y el cuerpo. Y es que no solo se trata de salir a caminar al bosque para encontrar paz o sosiego del alma, sino también salir a la ciudad y caminar a manera de entablar una relación con las historias ocultas, por decirlo de una manera, de las personas que se nos aparecen por el camino y de los lugares que van apareciendo, desenredando el laberinto en la contemplación. Baudelaire se dilataba en el deleite de la contemplación al cultivar el arte de perderse en las ciudades, cosa que Honoré de Balzac llamaba “la gastronomía del ojo” y que se conoce como flânerie: procesar la información del entorno con otra sensibilidad gracias a la divagación como un estado alterado de conciencia, que apila en la lánguida zancada un cauce narrativo.
Caminar posee muchos beneficios y uno de ellos es que nos ayuda a pensar mejor. Si queremos destrabar la mente es bueno salir a tomar aire fresco y caminar, se puede intuir que despeja la mente el salir y estar en contacto con un ambiente despejado, la idea de que caminar nos hace pensar diferente o mejor está profundamente arraigada a la sabiduría popular.
Según la ciencia, al medir los efectos que tiene la caminata en el funcionamiento cognitivo y en el cuerpo, nuestro flujo de sangre a los órganos y músculos aumenta, incluyendo el cerebro (¿lucidez?). Caminar promueve nuevas conexiones cerebrales según una serie de estudios agrupados por Ferris Jabr, y estas nuevas conexiones cerebrales (que luego se transforman en nuevas conexiones literarias) fortalecen el tejido cerebral que suele desgastarse con la edad e incrementa el volumen del hipocampo (una región del cerebro asociada con la memoria).
Y es que la forma en que movemos nuestro cuerpo afecta la naturaleza de nuestros pensamientos. Según lo que se conoce como “memoria dependiente del estado”, el patrón de excitación en el cual se encuentra el cerebro al momento de integrar un aprendizaje a nuestra información almacenada está determinado por diferentes condiciones como la postura en que nos encontramos en ese momento o el entorno en que nos situamos. De esta forma, caminar por el bosque o estar sentados en una cafetería bebiendo café suelen generar una concatenación de memorias específicas. Por ejemplo, se ha demostrado que escuchar canciones con muchas pulsaciones por minuto nos motiva a correr más rápido, al igual que al subir el volumen de la música al conducir el conductor suele manejar más rápido, y al respecto de caminar Ferris Jabr dice que “cuando caminamos, el paso de nuestros pies naturalmente vacila y se sincroniza con nuestro estado de ánimo y la cadencia de nuestro diálogo interno; al mismo tiempo, podemos cambiar el ritmo de nuestros pensamientos de manera deliberada al caminar más rápido o ir más despacio”.
¿Podríamos entonces leer de alguna manera el pensamiento de los demás al observar cómo caminan? Un estudio realizado por unos investigadores de la Universidad de Standford comparó diferentes capacidades cognitivas de un grupo de estudiantes mientras caminaban y mientras estaban sentados, y los resultados fueron que las personas tienen más capacidad de desarrollar ideas o ser más creativas cuando están caminando. Así, podríamos entonces moderar nuestra caminata dependiendo del caudal creativo que queramos generar; podemos conseguir cierto tipo de estímulos en una zona urbana agradable llena de mucha información e individuos, y otro tipo estímulos en un bosque donde la información puede ser también abundante pero no del mismo tipo que en una ciudad.
"Wanderlust: s. Un fuerte deseo o urgencia por viajar o vagar".
Según el filósofo francés Fréderic Gros quien escribió Una filosofía de caminar dijo en una entrevista: “(caminar) es seguir considerando las cuestiones de la eternidad, la soledad, el tiempo y espacio… Pero con base en la experiencia. Con base en cosas muy simples, cosas muy ordinarias”. Al caminar hacemos lo mismo que hacía Walter Benjamin, Baudelaire, Rimbaud, Woolf, Walser y Sontag. Existe un libro llamado Wanderlust: A History Of Walking publicado por Rebecca Solnit, en el cual pretende hacer una perspectiva cultural sobre el acto de caminar como actividad elegida que fue introducida al mundo hace poco relativamente, profundamente ligada con la literatura inglesa del siglo XVIII y los jardines (los cuales según ella fueron inventados con el objetivo de contener las caminatas de personas pensativas). En el libro, Solnit dice que “caminar, idealmente, es un estado en el cual la mente, el cuerpo y el mundo están alineados, como si fueran tres personajes finalmente conversando juntos, tres notas repentinamente tocando un acorde. … Caminar nos permite estar en nuestro cuerpo y en el mundo sin estar siendo ocupados por ellos. Nos deja libres para pensar sin estar completamente perdidos en nuestro pensamiento”.
Una perspectiva cultural que tiene a pensadores como Walter Benjamin, Baudelaire, Kierkegaard y Longfellow como centro. El deambular como ocupación corporal y filosófica: “El ritmo de caminar genera una especie de ritmo de pensar, y pasar por un paisaje hace eco o estimula el paso por una serie de pensamientos. Esto crea una consonancia extraña entre el pasaje interno y externo, uno que sugiere que la mente es también una especie de paisaje y que caminar es una manera de atravesarlo”.
Hoy día caminar a la deriva presenta muchas dificultades y pocos estímulos, como obligaciones que no admiten alteraciones en la agenda, cambios urbanos que hacen de las ciudades menos caminables, etc; aparte de que puede considerársele como una actividad “poco rentable” o “una pérdida de tiempo” al querer hacerlo sin expectativas o planes de por medio. Un ejemplo de esto podría ser que en el Reino Unido el solo el 17% de los caminantes admite caminar por el simple gusto de hacerlo.
El caminar es entonces un arte, practicado ya solo por rebeldes y vagabundos, en un contexto no muy agradable en el que surge el llamado a ir contra corriente y reafirmarnos en el mundo. El “vagabundeo” es un atentado contra el automatismo en un mundo donde el hombre vive apresurado. Las vistas estimulan los pensamientos y el caminar genera un ritmo de pensar, caminar y pensar son entonces son dos cosas secretamente vitales para la creación en la cultura humana. De esta forma, caminar es una forma sutil o modesta de reclamar el mundo. ¿Cuándo fue la última vez que saliste a caminar o te perdiste por las calles por el simple gusto de hacerlo?