La belleza es uno de los grandes temas de hoy en día, es considerada por muchos como una frivolidad o un lujo, e incluso promueven la idea de que es una respuesta superficial a la vida el guiarse por la belleza; si bien es cierto que vivimos en una sociedad que percibe a la belleza como un estándar idealizado y consensual de lo que es agradable y deseado, no es esta la concepción correcta de la misma, esta concepción nace de no entender qué es la belleza.
"Lo espantoso es que la belleza es misteriosa como también terrible. Dios y el diablo están luchando ahí (en la belleza) y el campo de batalla es el corazón del hombre".
Fiódor Dostoyevski.
La belleza es un tema que desde siempre se ha intentado abarcar dentro del arte en sus distintas formas y esto ocurre porque la belleza es esencial para una vida llena de significado y si se quiere profunda, la belleza se trata de algo superior, algo más grande y es precisamente por esto que grandes autores se han dado a la tarea de describirla. Según Borges “la belleza es una sensación física, algo que sentimos con todo el cuerpo. No es el resultado de un juicio, no llegamos a ella por medio de reglas; sentimos la belleza o no la sentimos.”; Émile Zola la postulaba como un estado de ánimo; Philip K. Dick pensaba que el sufrimiento absoluto lleva a la belleza absoluta; y para Platón la belleza es la salvación del alma, del individuo.
La belleza se trata de ver la realidad con una agudeza de percepción en su intensidad y significado, es “la total expresión de la propia naturaleza” puesto que la naturaleza siempre se está expresando de manera simbólica y estética, y es por esto que hay belleza en el placer pero también en el dolor, en el cielo y a su vez en el infierno. Y esto es bello no solo porque nos lleva a contemplar la belleza de un cuerpo o forma sino también a contemplar una idea, una moral o incluso a la verdad significada en el mundo.
Existe una íntima relación entre la belleza y la verdad dentro del platonismo, que dice que ambas palabras son intercambiables. En español la palabra “bonito” (que significa belleza) tiene la misma raíz que la palabra “bueno” y en griego “bueno” es la connotación que tiene la palabra kallos, pero a su vez la palabra hebrea tov -que es usada en el libro del Génesis cuando se dice “y Dios vio que era bueno”- se puede traducir como “bello”. Entonces hay una relación entre la verdad y belleza, que implica entonces que la ética y la estética estén siempre ligadas. Pero si entre la verdad y la belleza existe una relación, entonces la belleza también tendrá un estrecho parentesco con la sabiduría, y eso lo sugiere el poeta inglés John Keats en su poema “Ode on a Grecian Urn”, inspirado por una urna griega que representa para él un ecfrasis (la descripción detallada de un objeto) que cuenta a través de la voz del poeta la historia de un pueblo retratada en una superficie de mármol, y Keats asegura que la urna lo hace mejor que cualquier verso humano.
En el poema se trata particularmente la memoria y el tiempo; toda la historia griega, sus pueblos y mitos están representados como una escena congelada en el tiempo, como una fotografía; la urna es un espejo de todo esto y a su vez de la mente del poeta, el poeta se refleja en la urna y habla de sí mismo, así lo que vemos nosotros en el poema es lo que vio el poeta en la urna, contándolo de una manera exenta de vejez, así que el tiempo no pasa; ¿y acaso lo que busca el arte no es inmortalizar? De eso se trata la realización de un ecfrasis, inmortalizar, tratar de que el tiempo se detenga, hacer del objeto algo permanente, algo que jamás dejará de existir. Es así como el objeto de arte de un artista y el mismo artista trascienden; el poeta, frente al objeto, no habla de sus colores o de su forma, sino que los trasciende y es capaz de ver lo que solo un artista puede ver en un objeto, es capaz de ver lo que solo un poeta puede ver en una urna: lo que el objeto no muestra a simple vista, y esto lo hace a través del lenguaje. La urna griega habla de lo finito y la belleza del tiempo, Keats cierra el poema con “Belleza es verdad; verdad es belleza. Sólo esto sabrás aquí en la tierra y sólo esto necesitarás saber” y esto sigue a Platón: "la belleza es el esplendor de la verdad".
Fiódor Dostoyevski en El Idiota
Ahora, también existe una relación entre la belleza y el sufrimiento. En el sufrimiento puede haber belleza y es esta la que impulsa el deseo de salvar, percibir la belleza en el sufrimiento genera compasión. La belleza redime el sufrimiento y entonces es entendido como belleza, de una manera libre de identidad; al ver el sufrimiento se genera un acto de “sacrificio” en el que el sufrimiento se transmuta en una belleza intemporal. En alguno de sus cuadernos escribió Dostoyevski una vez que “el sufrimiento es el origen de la conciencia”, haciendo referencia a una conciencia moral y superior que hace al alma manifestarse y crecer más allá del sufrimiento que luego logra transformarse en la belleza de la sabiduría; esto es la luz de la conciencia, recordemos que Rumi dijo una vez “la herida es el lugar por donde entra la luz”. Esta interpretación se ajusta mucho a la interpretación cristiana, Josep Ratzinger dijo:
“La belleza, ya sea del universo natural o del arte, justamente porque abre y extiende los horizontes de la conciencia humana, apuntando a más allá de nosotros, trayéndonos frente a frente con el abismo del Infinito, puede convertirse en un camino a lo trascendente, al misterio último, a Dios.
(…) La auténtica belleza libera el anhelo del corazón humano, el profundo deseo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, de aspirar a lo trascendente. Si reconocemos que la belleza nos impacta en la intimidad, que nos hiere, que abre nuestros ojos, descubrimos la alegría de ver, de ser capaces de penetrar el significado más profundo de la existencia.”
Es el deseo de conocer lo que despierta la belleza, y despierta también el deseo de disfrutar con el éxtasis de los sentidos, con el cuerpo. Aun así, la belleza no se queda solamente en el conocimiento dentro de la contemplación o de lo material cuando esta actúa en toda su expresión dentro del individuo, sino que atrae hacia lo que está detrás del símbolo que representa el cuerpo, y es aquí donde la belleza se convierte en amor, uno que nos lleva a la sabiduría: el amor como sabiduría en acción.
Existe un pasaje filosófico en el que la sacerdotisa de Eros, Diotima, le revela “la escalera de la belleza” a Sócrates, en el cual vemos el proceso de transformación que va de lo superficial a lo profundo:
“(Aquel que ha amado un cuerpo bello) debe llegar a comprender que la belleza que se encuentra en un cuerpo cualquiera es hermana de la belleza que se encuentra en todos los demás... Una vez penetrado de este pensamiento, nuestro hombre debe mostrarse amante de todos los cuerpos bellos, y despojarse, como de una despreciable pequeñez, de toda pasión que se reconcentre sobre uno solo. Después debe considerar la belleza del alma como más preciosa que la del cuerpo, de suerte que, un alma bella, aunque está en un cuerpo desprovisto de perfecciones, baste para atraer su amor y sus cuidados.
El que en los misterios del amor se haya elevado hasta el punto en que estamos, después de haber recorrido en orden conveniente todos los grados de lo bello y llegado, por último, al término de la iniciación, percibirá como un relámpago una belleza maravillosa, aquella ¡oh Sócrates!, que era objeto de todos sus trabajos anteriores; belleza eterna, increada e imperecedera, exenta de aumento y de disminución.”
También existe una relación entre la belleza y la virtud que es considerada en el ensayo “De la belleza” del filósofo Francis Bacon, según él la perfecta combinación entre ambas ocurre raras veces, pero dice que si la virtud resulta lo suficientemente luminosa entonces habrá belleza:
“La virtud es como una piedra preciosa, y seguro que la virtud está mejor en un cuerpo hermoso, aunque no de rasgos delicados, y que tenga, más bien, a lugar la dignidad de la presencia, que la belleza aparente. No es visto tampoco que las personas hermosas posean una gran virtud, como si la naturaleza hubiera estado lo bastante ocupada, no para errar pero sí para haber producido una obra por excelencia. Aún así, demostrar haberlo logrado, sin poseer grandeza de espíritu, y estudiar más bien el comportamiento que la virtud. Pero esto no es garantía siempre: para César Augusto, Tito Vespasiano, Felipe el Bello de Francia, Eduardo IV de Inglaterra, Alcibíades de Atenas, Ismael el sofista de Persia, todos de buen y gran espíritu, y sin embargo, también los hombres más hermosos de su tiempo. En la belleza, como un don, es más que el tono; es el movimiento digno que desencadena la gracia. Esa es la mejor parte de la belleza, una imagen que no se puede expresar, no, ni como primer vistazo a la vida. No hay belleza alguna sin algo extraño en sus proporciones. Un hombre no podría decidir si Apeles, o Albert Durer, era el más nimio, más bien, que haga de uno, un personaje de proporciones geométricas; y de otro, tomaría lo mejor de ambas partes adoptando los rasgos del rostro de cada uno para hacer una excelsa. Tales personajes, creo yo, no complacerían a nadie, más que al pintor que los hizo. No, pero creo que un pintor puede hacer un mejor rostro, uno que nunca hubiera imaginado; pero debe hacerlo por una especie de felicidad (como un músico que transforma la atmósfera en melodía), y no como una regla. Un hombre verá los rostros que si se les examina por partes, nunca encontrará una de su agrado, y sin embargo por el todo lucen bien. Y si es verdad que la lo esencial de la belleza está en el decoroso movimiento, sin duda, no será una maravilla, aunque las personas a través de los años parecen muchas veces más amables; pulchrorum autumnus pulcher (las personas hermosas poseen un bello Otoño) porque ningún joven puede ser atractivo, considerando su juventud, como para compensar la pulcritud. La belleza es como las frutas de verano, que son fáciles de corromper y de corta duración, y en su mayor parte, de juventud disoluta y una edad falta de semblantes, pero aún se puede asegurar que, si se ilumina bien, hará a la virtud brillar y ruborizará los vicios”.
Entonces, podríamos decir que se forma la identidad de la belleza entre la verdad, el sufrimiento, el amor y la virtud; una relación de mutua creación. La belleza busca decirnos que hay algo que debemos hacer, algo que descubrir y que quizás no sea más que el mismo sentido de la existencia, algo a lo que debemos volver. Así, la belleza se vuelve eje de axioma humano, un motivo por el cual actuar, ¿no es acaso lo bello del mundo lo que nos hace querer preservarlo y cambiar siempre nuestros métodos de creación? Y el arte no es más que la belleza buscando trascender. La belleza le da dinamismo a la vida y rechaza la paralización de la evolución. No es más que la naturaleza del alma en sí misma, un trampolín hacia lo verdadero y realmente significativo, y la atracción es solo un imán que busca trascender la belleza a la inmortalidad: la inteligencia del alma.