Era doloroso, en demasía, decirle adiós a la persona que me abrió los brazos al amor y me hizo creer que eso a lo que todo el mundo le huía era increíblemente maravilloso. Me habría encantado quedarme con él, pero la vocación siempre podía más que el amor o los primeros sentimientos que mi cuerpo experimentaba. Mi mamá me aconsejó la segunda noche que estuve sin él, cuando no podía hablar entre ratos de llanto.
Ella me aseguró que ese dolor disminuiría, pero que nunca acabaría. En ese momento mi mamá entendió que amaba con todas mis fuerzas a Keith, y no era solo un enamoramiento de niños, que muere al paso del tiempo. Cuando entre momentos de llanto, ella me abrazaba, cerraba los ojos para que su rostro apareciera. Era muy cruel lo que hacía con él, pero era aún más cruel dejarlo esperando por alguien que no volvería.
—Sé que duele, cariño, mucho —articuló mi madre—. Es un dolor que parece no tener fin, que te consume por dentro, pero que aprendes a tolerar. No te diré que dejarás de amarlo de un día para otro, pero te prometo que aprenderás a vivir con el dolor, hasta que sientes que ya solo es una cicatriz y no una herida abierta y sangrante.
Las manos de mi madre estaban en mi cabello, mientras mi rostro se hundía en su pecho. Podía escuchar las vibraciones del teléfono en el sillón, los latidos del corazón de mamá y los gimoteos que brotaban de mi boca. Me estaba muriendo en vida, por algo tan simple como el amor: palabras de Anthea. Despegué mi rostro de su camisa y limpié mi nariz con un pañuelo que ella había colocado a un lado de su pierna.
—No sé qué pensar, mamá —murmuré entrecortada—. Lo amo… con todo mi ser.
—Ahora entiendo. Y no sé qué decirte para que dejes de sufrir. —Elevó mi rostro con un dedo bajo mi mentón y relajó el ceño—. ¿Quieres quedarte? La decisión es tuya.
Eso fue lo que siempre quise escuchar de ella, pero sabía que solo lo decía para darme potestad de mis decisiones, no para que cambiara de idea. Mi mamá entendería si me quedaba, pero no creí perdonarme en un futuro si mi relación con Keith no soportaba mi ausencia al ballet. Lo conocía lo suficiente para saber que no se perdonaría ser el causante de un sueño truncado, y yo tampoco me perdonaría abandonarlo todo por algo que quizá no tendría un futuro más allá de dos o cuatro años.
Ese era el momento perfecto para aceptar lo que mi corazón sentía y quedarme con él. Mi mamá me había colocado la elección en una reluciente bandeja de plata, aun cuando conocía cuál sería mi decisión. Tal vez ella intentaba reafirmar mi posición con relación a mi carrera, o era tan cruel como para insertar un bisturí en una herida sin anestesia. La verdad no sabía sus verdaderas intenciones, así que me limité a escuchar los consejos que tenía para mí, esa oscura y lluviosa noche de diciembre.
—No puedo hacerlo —mascullé al desplomarme al suelo—. No puedo quedarme.
—¿Y sí podrás subir a ese avión y jamás regresar?
Tampoco sabía si resistiría dejar todo lo que era en Nueva York y aprender a vivir en un país que desconocía. Me había preparado, sabía un poco de francés y todo estaba listo. Mamá había comprado los boletos, los pasaportes estaban sobre la mesa y las maletas estaban hechas. Solo era cuestión de sujetar la manija y arrastrarlas hasta el avión. Algo tan simple como eso, se volvió una tortura medieval.
Mi corazón estaba puesto en el baile, siempre lo estuvo, pero en ese momento de mi vida no sabía si bailar era lo más importante. Se trataba de renunciar a toda mi vida, mis amigos, mis padres, mi vida entera, para conseguir algo más grande, algo que elevaría mis pies del suelo y me convertirían en la bailarina que siempre quise ser, desde que tenía cinco años y entré a la academia. Me esforcé por ser la mejor, y lo conseguí.
—Tengo que irme, mamá —pronuncié al entrar una lágrima en mi boca—. ¿Ese es el futuro que ambas quisimos desde hace años, verdad? No es justo renunciar a los esguinces, los moretones, los dolores en las piernas, el crujir de los huesos de la espalda, el cansancio que no me dejaba en paz, o ese régimen en el que estuve los últimos quince años. ¿Crees que es justo dejar quince años por tres meses?
Mamá se arrodilló a mi lado y limpió mis mejillas. Ella habría sido capaz de acostarse sobre las púas para que su hija adorada no sufriera. Andrea falló cuando yo era una niña, pero supo remediar sus errores a lo largo de los años. Tuvimos encontronazos en los que dejábamos de hablarnos por días, mi etapa de absurda rebeldía, el cambio de tener dos padres a vivir con uno o cuando papá se fue a la India. Fueron muchos los momentos en los que crucé un camino borrascoso, y ese solo era uno más.
Tenía claro que para obtener lo que quería debía desprenderme de lo que necesitaba; y necesitaba a Keith tanto o más que precisaba respirar. Ese estúpido vaquero se había quedado con mi corazón, mis sonrisas, mis primeras veces y todos esos recuerdos que atesoraría por siempre. Era muy joven cuando me enamoré de él; apenas salía de la adolescencia, y él era el sueño de cualquier chica de mi edad: bello y caballeroso.
A veces pensaba que si nos hubiésemos encontrado en otro momento de nuestras vidas, todo habría sido diferente. Recordé cuando Shana me llamó, medio día atrás, para contarme que Keith estaba desesperado por saber de mí, pero que no podía faltar a sus compromisos para correr al pent-house y subir el ascensor como si de la torre de Julieta se tratara. Shana insistió en saber qué me ocurría, pero al ser tan cercana a Micah, y él ser hermano de Keith, evité contarle la verdad; eso era algo que solo mamá sabía.
Ezra estaba quedándose en el pent-house con nosotras y mamá lucía radiante. Ellos tenían una felicidad accidental: esa que rara vez encuentras, como un trébol de cuatro hojas, pero que te aferras a ella con todas tus fuerzas hasta que se torna en algo sólido y tangible. Ese amor tan fuerte, un amor que soportó doce años de ausencia, era mi mejor prueba de que el amor verdadero todo lo soportaba y que ese hilo rojo sí existía.
Si Keith y yo estábamos destinados por ese invisible hilo rojo del destino, así se expandiera o enredara, jamás se rompería, y tarde o temprano nos volvería a reencontrar, cuando menos lo esperáramos. En eso creí los últimos días. Me aferré a esa esperanza como un náufrago se aferra al galeón que poco a poco el océano empieza a engullir, hasta dejar solo la punta flotando en las oscuras aguas. Me aferré como un sobreviviente se aferra a la soga que lo eleva del fondo del precipicio. Y me aferré con todas mis fuerzas a un amor que sabía no era algo tan superficial como todos creían.
Mamá no respondió ninguna de mis preguntas, pero sí formuló algunas.
—¿Y qué tal si tu historia se convierte en una como la mía? —Apretó la parte trasera de mi cuello—. No te aferres a algo que por ahora no puede ser, pero que tengo la esperanza de que sí podrá expandirse y alcanzar nuevos niveles, en un par de años.
Escuché con claridad cada una de las palabras de mamá, y me forcé para grabarlas en mi cabeza. A media que le habría paso a sus consejos, me deshacía de un recuerdo de Keith. Con cada frase olvidé una escena vivida, una conversación, una llamada telefónica, un beso o lo que mi corazón sentía cuando estaba cerca. Me esforcé como nadie para olvidarlo, hasta que el recuerdo solo fuera lindo, y no desgarrador.
Me desplomé por completo en el suelo y me senté sobre las piernas. Mamá continuó limpiando mis lágrimas y vi cómo su corazón se contrajo al cruzarse un recuerdo por su mente. Ella sufrió como una condenada cuando Nicholas se quedó esperándola en esa estación de tren, cuando lo llamó y su esposa respondió, y aún más cuando se enteró que tendría un hijo con la mujer que había colocado un anillo de oro en su dedo anular.
La vida les sonrió después de doce años, les obsequió una segunda oportunidad para hacer mejor las cosas y estaban viviendo su propio nirvana. Me sentía feliz por ella, lo hacía, aun cuando mi propia vida era un caos total. Recordaba cuando él llegó a la puerta, le contó lo sucedido y se abrazaron por largo tiempo. Tuve el placer de ver ese reencuentro en vivo y directo, mientras sus cuerpos se fusionaban en uno solo.
Estaba feliz por ellos, antes de retirarme a la habitación y de nuevo sentir mi corazón romperse. Ella me siguió y consoló, aun cuando su corazón se acababa de reparar al tener las herramientas necesarias. No era justo y lo sabía, pero así era mamá: se acostaba en el suelo para que su hija no tuviese frío, y amaba tanto eso, que habría dado mi vida para que nada malo le sucediera, y ese amor resistiera el disparo final.
—Son muy jóvenes, Samantha. La vida da muchas vueltas, nos cruza con más personas, nos da regalos, y a veces nos reencuentra con aquella persona que amamos. Soy la prueba viviente de que la vida no es estática, y el futuro puede ser cambiante si deseas algo con todas las fuerzas de tu ser. —Sus ojos se llenaron de lágrimas al fijar esa grisácea mirada en la mía y sentirse en mis zapatos—. Si Keith es tu alma gemela, ese corazón seguirá latiendo por ti hasta que el alma abandone su cuerpo.
Respiré profundo y prometí no llorar más esa noche. Era suficiente. Mamá comenzaba a sentirse mal por mí, y no debía. Su amor de la vida estaba en la sala, esperándola, así que debía pensar, por primera vez, en ella primero. Gracias a todo lo que le sucedía a su hija, ella no pudo quedarse con él. Era tiempo de que fuesen felices y les importaran una mierda las personas que los rodeaban. Por esa razón, respiré profundo una vez más y terminé de secar las lágrimas que aún empapaban mis mejillas.
—¿Tú crees que esto soporte tantos cambios, la distancia, los mundos diferentes y que debo romperle el corazón para que se pueda marchar de mi lado?
—Los corazones rotos sanan, las heridas cierran, y las personas aprenden a perdonar. Sí, él se sentirá devastado cuando le rompas el corazón, pero sí tú dices que él te seguirá a donde vayas sin importar qué, será la mejor decisión. —Asentí ante sus consejos y me coloqué de pie—. Él no puede renunciar a su vida para seguirte, Sam.
—Lo sé, mamá.
Cerré los ojos al sentir sus brazos envolverme. Me sentía tan seguro en sus brazos, que podía convertirme en lo que quisiera ser. Mamá siempre fue la persona que me hacía sentir como si volara en una nube de posibilidades y todo lo que mi pequeña cabeza ideara se haría realidad. Justo en medio de sus brazos, comprendí que no estaba haciendo lo correcto, y que aunque doliera, el camino luminoso siempre era mejor.
—Llámalo —susurró al besar mi frente—. El merece saber la verdad.
Asentí y me desprendí de sus brazos. Ella abrió la puerta de mi habitación y me dejó sola una vez más. El teléfono seguía en el sillón, el pañuelo estaba en el suelo y la laptop continuaba encendida sobre la cama. Tenía varias razones de peso para alcanzar el teléfono y marcar su número, pero sentía como el miedo corría por mi piel como millones de hormigas en su recorrido a tierras a nuevas tierras.
Fijé la mirada en el artefacto, mordí mi labio y apreté mis manos. Estuve así por varios minutos, hasta que mamá tocó de nuevo mi puerta. Se había cambiado de ropa y el cabello lo tenía recogido con una peineta dorada. Lucía hermosa, por lo que mi mirada la recorrió de pies a cabeza y una mínima sonrisa apareció en mis labios.
—¿Saldrás?
—Sí. Ezra me llevará a un restaurante. Me preguntó si querías ir, pero le dije que no estaba en condiciones de salir, y lo entendió. —Alisó los pliegues de su vestido y bajó la mirada a sus tacones negros—. ¿Estarás bien sola? Puedo decirle a Ezra que no.
—Lo estaré. No voy a estropearte la noche. —Me elevé del sillón y caminé hasta ella. La apreté de nuevo en mis brazos y susurré—: Gracias, mamá, por todo.
—Hago mi trabajo de mamá consoladora —emitió—. Te amo, Samantha.
—Yo te amo más, mamá.
La dejé ir.
—Volveré en dos horas máximo.
Nos despedimos con un beso. Ellos salieron del pent-house, al tiempo que yo caminaba descalza hasta la sala. El cielo estaba por completo oscuro, no había estrellas que nos iluminaran y los ventanales estaban empapados de lluvia. No había dejado de llover en todo el día, y los ríos de agua corrían velozmente por el cristal. Me senté en uno de los escalones y miré la chimenea. El fuego consumía los trozos de madera y el aroma a cenizas rondaba en el aire atestado de un frío que calaba mis huesos.
Con el teléfono en la mano, froté mis ojos y exhalé más aire del que entraba en mis pulmones. ¿Qué se suponía que le diría cuando respondiera? Solo quería acabar con eso de una vez por todas, aunque al final terminara lanzando los retazos de mi alma al fuego abrasador de la chimenea. Apreté mis brazos y lo medité mejor, antes de llegar a la inherente decisión de llamarlo, tal como mamá había dicho. Era la mejor decisión que podía tomar; acabar con eso de una vez por todas, arrancarme el adhesivo.
Marqué uno a uno los dígitos de su número y, tras soltar un suspiro, llevé el teléfono a mi oído. Mi corazón latía estrepitosamente, mis pies se elevaron hasta quedar en puntillas y mi cuerpo se congelaba al estar sentada en el frío suelo. Esperé en silencio cada uno de los repiques, hasta que la gruesa voz de Keith llenó la bocina.