Fianchetto Escarlata: Escenario 1
Otro Scotland Yard
Las fotografías expuestas sobre el tablero en la pared eran grotescas. El rostro de la víctima era apenas identificable debido al rictus que lo deformaba como prueba del dolor que había sufrido antes de perder la vida. Su uniforme blanco se había transformado en rojo, se hallaba desgarrado y tieso debido a la gran cantidad de sangre que perdió en cada una de las heridas provocadas por las estocadas de lo que seguramente debió ser un arma blanca.
Al lado del cadáver del hombre, de cuarenta y tres años de edad, yacía sin vida un perro pastor alemán cuya muerte había sido más pacífica y veloz que la de su compañero humano. Su garganta había sido rebanada de un solo tajo veloz y certero, lo que indicaba en sí mismo varios puntos acerca del asesino.
—El Alfil Meadow conocía al asesino —aseveró Kevin, un joven sargento con tendencia a recalcar lo obvio—. Por eso Flakes no lo atacó antes.
—Lo conocía o lo engañaron —dijo Jolie caminando hacia Dorian Redford, el único Alfil que se encontraba presente en aquella sala en esos momentos. Dorian detestó que la sargento realizara aquella acción, sabía que era un acto que pretendía darle cierta clase de «apoyo» pues era probable que él, o cualquiera de sus colegas, pudieran ser los siguientes en la lista del asesino.
Aquél homicidio era el segundo perpetuado en los últimos tres meses contra alguien de su mismo rango, un Alfil, un puesto al que muy pocos podían aspirar y mucho menos conseguir.
Los Alfiles eran las piezas más estratégicas en el Departamento de Justicia de Gran Bretaña. Contaban con pocas restricciones a la hora de investigar un delito, su jurisdicción podía atravesar todas las fronteras estatales y su insignia era un conveniente cheque en blanco cuando se trataba de exigir cooperación prioritaria de todos los departamentos subyugados a este ministerio. En pocas palabras: los Alfiles eran el comodín con el que contaba el sistema de justicia.
—Si es el mismo asesino, ¿por qué mató a Boston a golpes mientras que a Flakes con un arma blanca? —preguntó Tony, un inspector de mediana edad que apenas había ingresado a la división.
—Porque las cosas no salieron como él deseaba. No creyó que Boston estuviera presente o alguna razón lo llevó a matar al Alfil DeVito antes de lograr deshacerse de su saxib. Le fue imposible realizar el asesinato de Boston de forma premeditada —dijo Dorian mientras se recargaba sobre un muro contiguo a una ventana para descansar del peso que cargaba.
Sobre el hombro de su traje oscuro tenía un hombrera gruesa de cuero que se hallaba sujeta de un cinto atravesándole el pecho. Sobre la hombrera descansaba un halcón caoba: una hermosa aguilucha de color pardo oscuro a excepción de los hombros, tapadas alares y piernas que eran de un rojo oscuro.
El ave, de setenta centímetros de longitud sin las alas abiertas, se encontraba en ese momento concentrada en las fotografías con el mismo grado de interés que el humano sobre el cual descansaba.
—¿Cómo es posible que no supiera que Boston se encontrara con DeVito? —dijo un hombre tan velludo que éste se asomaba debajo de las mangas de su camisa. Se había dirigido al compañero del halcón al hablar—. No hay Alfil que porte su uniforme y no lleve a su saxib con él… A menos que los civiles empecen a creer que has impuesto una nueva moda y llevar a un saxib ya no es necesario para asegurar la incorruptibilidad de quien está a cargo.
Hubo un silencio en la sala que todos esperaban que fuera llenado por alguna reacción de Dorian ante la acusación que le hacia el detective Pearson, pero el joven se limitó a contemplarlo con un gesto condescendiente. A pesar de que él era un Alfil y su rango era superior al de Pearson, imponer el orden en aquella sala era responsabilidad de otra persona y Dorian esperó a que ésta interviniera pues no pretendía restarle autoridad.
—¿Debe Skarlát sacarte un ojo para que te entre en la cabeza que ella hace las veces de saxib de Dorian? Que sea una irath no hace ninguna diferencia.
—Excepto porque la obtuvo sin sacrificio —espetó Pearson.
La irath esponjó sus plumas y emitió un chillido de protesta que pronunció en dirección al hombre.
—Pearson, estoy cansada del mismo comentario. Corta con eso o yo cortaré tu tiempo aquí y regresaras a patrullar las calles.
Él hombre velludo torció una mueca que pretendía ser de burla por la amenaza pero Dorian supo que en realidad era de furia contenida. No era el único que se sentía inconforme con el Alfil, varias personas, de distintos departamentos, puestos y rangos, lo sentían como una ofensa andante por varios motivos. No solo no había tenido que tomarse la molestia de ganarse por sí mismo a un saxib, sino que su irath en sí mismo era señal inequívoca de que Dorian Redford había nacido como miembro de la nobleza, hijo del duque de Arlington. Un señorito mimado que, muchos estaban seguros, había conseguido el puesto de Alfil gracias a la influencia de su sangre, su apellido y su irath.
A Pearson, lo que lo molestaba especialmente, era que aquel muchachito nunca demostraba molestia por las provocaciones que él o sus compañeros lanzaban en cada oportunidad que tenían, como si su piel cobriza se hallara protegida por una capa resbaladiza que permitían que los insultos o las indirectas pasaran a su lado sin causarle efecto alguno.
—¿Nuevamente será un Alfil quien tome el caso? —preguntó Jolie a la Superintendente Samantha Russell. Ahora la mujer rolliza se había plantado al lado de Dorian y se hallaba cruzada de brazos junto a su propio saxib, un pekinés de color miel que en ese momento se dedicaba a olfatear los zapatos del joven Alfil. Los olvidó al momento en que su compañera humana lanzó una mirada feroz a Pearson por la manera en que éste observaba al joven.
El saxib mostró los dientes cuando Jolie pareció dispuesta a saltarle encima si el hombre intentaba arremeter nuevamente contra el chico, algo que habría hecho de no ser porque conocía a la perfección el temperamento del pekinés y la poca paciencia que la Superintendente habría demostrado si se armaba una trifulca entre uno de los sargentos y un saxib..
Samantha negó con la cabeza agitando así los cabellos rubios que se habían escapado de su coleta alta.
—Nos encargaremos nosotros, ya nos han dado la orden —giró el rostro en dirección a un hombre alto de piel oscura y cuya complexión podría intimidar a cualquiera de no ser porque sus mirada irradiaba paciencia—. Okri, tu equipo se encargará de esto. Vas a tener a la prensa encima.
—Me entiendo con la prensa —aseguró el hombre desplegando una sonrisa radiante entre sus labios gruesos.
—Lo sé, bendito seas por eso —dijo la mujer con un bufido. Lanzó una mirada a Dorian antes de quitarse el par de gafas que tenía puestas frente a sus ojos oscuros y comenzó a caminar para abandonar el lugar. El Alfil fue detrás de ella.
Abandonaron el salón de reuniones y avanzaron juntos, él con su halcón aún al hombro, a través de los pasillos de Scotland Yard. Ambos anduvieron en silencio, ella sin mirar a nadie más y él saludando a las personas que iban dedicándole desde saludos formales hasta coqueterías veladas.
—A no ser que me digas que te han asignado para tratar contigo el asesinato del Alfil en lugar de con el comisionado, no me hace feliz tenerte aquí —dijo ella tan pronto llegaron a su oficina. Avanzó hasta su escritorio dejándole a Dorian la labor de cerrar la puerta—. ¿Qué necesitas?
—El expediente A. J. Kowalski y todas las evidencias que encontraron de ella. —Samantha soltó un suspiró cansado y se dejó caer sobre su asiento detrás de su escritorio. Presionó un botón de su teléfono y pidió a su secretaria los documentos solicitados al tanto que Dorian se dirigía a la ventana más próxima para abrirla. Su halcón emitió un chillido de emoción antes de salir volando por ella.
—Si hubiera un asesino serial intentando matarme, yo no dejaría ir así a mi irath —comentó Samantha mirándolo con seriedad. Se desabrochó el primer botón de la blusa para luego apoyar sus codos sobre el escritorio—. El Superintendente en Jefe está vuelto loco, el Comandante está vuelto loco. Todos están vueltos locos pero tú vienes a pedir el expediente de un caso abandonado por años como si nada pasara. ¿Qué sabes que yo no?
—Que hay un asesino que ha matado a dos Alfiles —respondió mientras se sentaba sobre uno de los sillones colocados delante de ella—. Que la manera en que los ha matado refleja un odio intenso hacia sus víctimas, eso es todo.
La mujer achicó sus ojos. Por un largo periodo de tiempo analizó al Alfil sin importarle que el silencio, o la manera descarada en que intentaba leer en él alguna mentira, se interpusiera entre ambos. Había algo en él que no le gustaba a Samantha y por ello siempre tenía la sensación de que algo ocultaba o algo aguardaba. Como si detrás de esos modales tan bien ensayados y aquél ostentoso título de Conde, aguardara una daga.
Aún no entendía por qué un noble querría dedicarse a perseguir criminales siendo que no necesitaba trabajar para ganarse la vida, mucho menos entendía por qué querría ser justamente un Alfil cuyo trabajo como inspector y fiscal significaban una carga doblemente pesada a no ser que se hubiera aburrido de que sus deseos se hicieran realidad todo el tiempo con relativa facilidad.
—¿Por qué no estás afectado? —preguntó de pronto. Al notar que Dorian levantaba una ceja, continuó—: Meadow y DeVito, conocías a ambos, ¿por qué no te afecta que estén muertos?
—¿Esperas verme desolado?
Ella se encogió de hombros antes de recargarse contra el respaldo de su asiento.
—No desolado pero sí demostrar alguna clase de abatimiento, sobre todo después de las fotografías que viste.
Esta vez fue él quien levantó un hombro.
—No los conocí lo suficiente… No solo eso, tenían de mí la misma opinión de Pearson así que… —realizó un elegante ademán con su mano para dejar que ella terminara la frase.
—…Por ello no estás llorando sus muertes.
—Es dificil cuando son personas con las que no establecí ninguna clase de lazo… Claro que detesto lo que les sucedió, no quiero pensar que otro Alfil corra con la misma suerte.
—Hablaron de que tendrían que asignarles un escolta. ¿Ya te lo habían dicho?
Dorian sonrió de lado. Su padre le llamó esa misma mañana para advertirle que tuviera cuidado, de ser necesario él mismo le pondría una escolta hasta que atraparan al asesino.
Tres golpes de advertencia llamaron a la puerta antes de que se asomara por ella una mujer esbelta, alta y de cabello rojizo. Llevaba entre sus manos una caja de cartón rotulada con un número de serie y el nombre A. J. Kowalski.
—Debí adivinar que solo a ti se te ocurriría pedir el archivo más repleto de telarañas que existe —se quejó al tiempo que caminaba hacia Redford que inmediatamente se colocó de pie para recibir el archivo o de otra manera Donna se lo habría dejado caer sobre el regazo para manchar así su impoluto uniforme blanco—. Mira cómo quedé por tu culpa —señaló al área de su pecho donde una serie de manchas grises habían robado la perfección a su vestido rosado.
—Que te compre uno nuevo, le sobra con qué y seguramente también sabe dónde los venden —dijo Samantha colocándose de nuevo las gafas delante de sus ojos—. Ya tiene los archivos que desea, ahora váyase de aquí, Alfil Redford —dijo sacudiendo una mano.
—Gracias por su cooperación, Superintendente Russell —contestó él con una inclinación de su cabeza mientras le cedía el paso a Donna para que saliera antes que él—. No es cierto que sé dónde lo compraste… —fue lo último que Samantha escuchó que decía antes de que la puerta se cerrara detrás de él.
Esta obra es un borrador y está sujeta a cambios futuros para posibles ajustes. Está inspirada en la novela «Materia Oscura» de Philip Pullman y la saga del «Inspector Linley» de Elizabeth George.
Esta historia forma parte de «Xéreiscop» y está contada desde el punto de vista de mis personajes: Dorian Redford y Eliott Dagger.
Source: Vector usado para la portada