Cada día me levanto a observarla. Sus finos cabellos dorados acarician la almohada, su respiración turba la quietud de la habitación y sus latidos se escuchan en mis oídos. El sol baña su rostro dormido, pero ella se resiste a despertarse. ¿Qué mundos estará explorando mi bella dama? ¿Esta vez será una musa, una guerrera, una hechicera, una persona común? O siquiera, ¿será una persona? ¿Se interpretará a ella misma o estará mirando cómo sus sueños pasan como un ser omnipresente?
Quizás cuando abra los ojos me comente la belleza o el horror de sus sueños, de lo más profundo de su subconsciente. O quizás se moleste momentáneamente porque no la desperté (o porque lo hice) y no comente nada. Quizás desayune mirando hacia el infinito, ignorando que aún me deslumbra verla así, sin maquillaje, sin máscaras.
Al conocerla, me enamoró su crudeza, su naturalidad, parecía una piedra preciosa totalmente en bruto. Me mostró su brillo a través de la simpleza de sus actos, que no por sencillos eran menos dignos o especiales. Me sacó sonrisas inesperadas y nuevas fuerzas para levantarme de cualquier tropezón. Todavía me motiva con su gran fortaleza e independencia.
Cuando éramos jóvenes no podía creer que semejante belleza me amara. Me lo decía varias veces pero solo podía estar seguro al ver el resplandor en su rostro, en su mirada, en su sonrisa. Era indomable, pero permanecía a mi lado. Intentaba no alejarla imponiéndole mis sentimientos o contándole el futuro que divisaba tan claramente para los dos. Tenía miedo que un día se fuera sin mirar atrás, pero en todo este tiempo no lo ha hecho. Inesperadamente siguió mis planes. A pesar del miedo a un país desconocido, a nuestra nueva convivencia, a la salida de su zona de confort, me siguió. Quiero creer que lo hizo porque mis planes eran más sólidos o más claros, pero realmente también eran los suyos. Se esforzó por alinear nuestras metas y hacerlas posibles.
Lentamente ella despierta. Luego se estira, me mira emocionada con sus tiernos ojos miel y pregunta ¿por qué la observo de esa manera? ¿Por qué soy tan cuchi? Le contesto que se debe a ella. Sin embargo no entiende el peso de esas palabras. No puede notar qué tan enamorado estoy a pesar de tantos años, aunque la mirada me delate.
De pronto ella se sobresalta:—¡Es tarde, amor! —reclama—. Tendremos que correr.
Finjo remordimiento por dejarla dormir esos quince minutos extras. Pero no me arrepiento de admirar sus inclementes curvas una vez más, aunque debamos trabajar para ganarnos el pan.
Intenté cambiar de perspectiva esta vez, espero que les guste. Si es así, comenten ;)
Por cierto, las imágenes son de Pixabay.