Un artículo, publicado en 1993 en una prestigiada revista científica, presentó resultados obtenidos por unos psicólogos que parecían demostrar que, después de haber escuchado música del compositor Mozart durante diez minutos, las habilidades cognitivas de razonamiento espacial de una persona eran superiores a las de aquellas que sólo habían permanecido relajadas o en silencio antes de realizar las pruebas. Esta noticia fue la causa de que en diversos medios de comunicación se asegurara que el simple hecho de escuchar música de ese autor podía incrementar el coeficiente intelectual. Fue así que el “efecto Mozart” lo aprovechó ampliamente la mercadotecnia de la industria de la música. Catorce años después, un equipo de neurólogos, psicólogos, filósofos y educadores, todos expertos en música, han vuelto a realizar el mismo experimento realizado en 1993, con el fin de avalar con base científica estudios más extensos sobre el tema. Sin embargo, esta vez no lograron reproducir los datos conseguidos en aquel año. Los científicos concluyeron que estudiar música e interpretarla aumentan tal vez en cierto grado las habilidades del conocimiento, pero no el simple hecho de escucharla.