A las personas les gusta lo agradable, lo cómodo, lo que les llama la atención, eso le pone interés. Así por ejemplo, si tienes un restaurant y quieres que los clientes solo vayan a comer y luego salgan del lugar, dispones entonces un ambiente de poca comodidad, que solo sea tolerable para comer y ya. En cambio, si quieres que los clientes se queden por un buen tiempo, les colocarás elementos que les hagan sentir cómodos y los motive a quedarse un poco más, y por supuesto, a que sigan consumiendo. Para esto último, podemos tener como referencia a los locales que tienen televisores o juegos dentro de sus alojamientos.
Respecto a lo anterior, la idea de dejar que un cliente se quede o no en tu negocio, depende del producto que estés ofreciendo. Pues, si solo haces almuerzos y desayunos, entonces no puedes pretender que la gente se quede en tu local, pues tu objetivo es que la gente compre, consuma y salga. Pero si por el contrario, ofreces licores, tu objetivo es mantener al cliente entretenido en tu pequeño bar.
La clave está en el ambiente, porque es lo que predispone a la persona, le avisa que se aliste y se impregne de todo aquello que lo rodea para que se familiarice con lo que le vas a ofrecer. Un ambiente agradable hace que el individuo se interese más por aprender, pues le da lo atractivo de aquello que quieres enseñar, y es una introducción al nuevo conocimiento.
Así que, al estar en algo que a uno le interesa, eso da gusto, se siente bien, se siente contento y es un verdadero gusto estar aprendiendo. No hay nada tan sano como hacer lo que uno quiere. Todo, porque se ha creado el ambiente, la situación de aprender.
Y aprender, “no es más que estar en situación de aprender” escribía López, R. (2004) en una oportunidad. Pues no se trata solo de aprender sino de estar en el ambiente, en la ocasión y momento de aprender. Eso es lo que hace que el proceso de conocimiento sea agradable y simultáneamente significativo y efectivo.