Un saludo cordial a todos los miembros de la prestigiosa comunidad HIVE.
Los campesinos venezolanos tienen el privilegio de vivir muy cerca de la naturaleza, lo que les permite conocer muchos de sus secretos, y, también, la manera en que deben tratar a la flora y fauna, presentes en ella.
Luego de esas jornadas agotadoras, que ameritan una rudeza y fuerza extrema, para remover la tierra, podar vegetales, lidiar con distintos animales, o cosechar el fruto de su trabajo, regresan a casa, junto a su familia, y se recrean, la mayoría de las veces, plantando un jardín, cuidando sus matas, o preparando el sustrato, donde estas crecerán.
Cualquiera en su lugar, después de tanta brega en el monte, se dedicaría a descansar, pero nuestro campesino no es así, por el contrario, aparta un momento de su tiempo de descanso, para, junto a su familia, cuidar un pequeño huerto, o atender los requerimientos de su jardín, rico en plantas ornamentales, que él, personalmente, ha ido domesticando, hasta lograr hibridaciones, que, posiblemente, no sepa que ha logrado, pero ha comenzado a propagar.
Nuestro campesino logra obtener excelentes variedades, cultivares, e híbridos de primera línea, que de a poco, han ido elevando el nivel de los patrones de la jardinería campesina, que luego son copiados, por horticultores expertos, para comercializarlos en viveros semi industriales, cercanos a las grandes ciudades.
Estas plantas ornamentales irradian su belleza y se convierten en la envidia de los visitantes, que tratan de adquirirlos por dinero, o ganándose la simpatía del habitante de las zonas rurales, y pronto están adornando los jardines citadinos.
Es común oír expresiones como “préndame una matica”, “regale un ganchito”, y muchas otras, que llevan a nuestro buen jardinero a desprenderse de su preciado tesoro.
Lo tradicional y hasta lógico, es la utilización de tiestos de todo tipo, para cultivar las plantas, donde la humildad manifiesta la escasez de recursos económicos de nuestro hombre del campo.
En este punto, se genera un fuerte contraste entre la belleza de las plantas ornamentales y, lo humilde de los porrones, recipientes, o macetas, que utiliza para su desarrollo.
Lo más llamativo, es que esas plantas crecen guiadas por la mano de Dios, ya que se lanzan a prosperar, vigorosas, fuertes, hermosas, y con una floración, dignas de los jardines de un rey.
Los visitantes al observar aquel éxito agrícola, expresan sin reservas:” Este señor tiene muy buena mano, para las matas”.
Y en verdad hacen justicia con nuestro jardinero campesino, pero no solo es la buena mano, también es necesario alabar, la dedicada atención que cada día, el jardinero y su familia profesan en el cuido de su jardín, la forma en que aquerencia a sus plantas, con un amor verdadero, que les dificulta desprenderse de cada una de sus matas, desperdigadas, a veces de manera casual, por el jardín, que muchas veces ocupa todo el terreno adyacente a la casa.
Por eso, y por muchas otras razones, debemos pensarlo bien, a la hora de solicitar una planta ornamental a un campesino, sobre todo, asumiendo el compromiso de cuidarla con el mismo esmero y pasión que él lo hace, para no hacerlo sufrir, o perder aquel vegetal que estaba bien ubicado, en su jardín campesino.
Ali Riera
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