Mi vida era una fosa donde el lodo me llegaba a la cintura. Debí haber valorado por un momento que por lo menos tenía la libertad de moverme hacia la nada. En un día –no como cualquiera- en una rutinaria excursión hacia ningún lugar, desplazándome con dificultad decidí estirar mis brazos y encontré una soga, tiré de ella por tres horas y descubrí una roca que me ayudó a salir del lodo que ahora solo mis tobillos tocaba. Desde allí el frio y la hostilidad de mi vida podían ser más que soportables.
Podía percibir mi nueva felicidad, una sensación que desconocía. Podía tener una visión más amplia de mis alrededores y por primera vez pude observar el sol en el horizonte. En mi pecho corría la agradable sensación de una nueva oportunidad. Disfruté de cada momento, cada vez que pude percatarme de cuán bien me hacía este cambio, y tenía mi salvadora roca para conversar. Aunque era muy dura y callada con amor y bastante trabajo cambié su personalidad y su tensa textura.
En esa roca encontré un motivo para luchar por mantener el alivio que sentía. Luego de concebir cada detalle de mi nueva vida en torno a mi salvadora, comenzó a llover y me di un suspiro para intuir que: “El tiempo nunca olvida producir su efecto de tormenta o primavera”.
Mi roca mágica y perfecta no podía protegerme de la lluvia, pero yo era capaz de aguantar las gotas en mi espalda- Era algo que estaba dispuesto a pagar-. Durante tres años de lluvia nos hicimos compañía, pero de pronto, el silencio tomó a mi roca como esclava, y después de mis intentos de romper esas cadenas no obtuve buen resultado. Le advertí que sin ella se perdería en la oscuridad mi felicidad y que nunca la iba a volver a encontrar en esa forma tan magnífica y agradable, pero como respuesta empecé a sentir que mi salvadora se desvanecía bajo mis pies y con ella esa vida de ese tiempo. Las lágrimas no eran visibles en mi rostro por la lluvia desmesurada. Al ver que mi -ahora frágil- roca colapsaba, me despedí con un sincero te amo, tomé impulso y salté. Fui yo quien decidió saltar.
Ahora el lodo me llega hasta los hombros. Ahora el frio y la penumbra son mis dueños. Ahora no puedo mirar el ocaso ni mis soñados horizontes. Ahora el congelado lodo castiga cada parte de mi cuerpo por haberlo abandonado en mi vida ante pasada. Ahora no cesa la lluvia del cielo ni la de mis ojos. Ahora busco desesperado en el lodo una nueva soga.
Llegué a la cima, pero la roca que me hizo ser feliz me dio el impulso para caer más profundo.
Ahora es más difícil moverse.