Dicen que escribir con rabia, saca lo peor de ti, pero no sé si esto será lo peor o lo mejor. Aunque para mí, es la única manera que tengo de drenar y hacerme sentir un poco aliviada.
En este sistema de transporte, puedo decir que he visto casi todo, pero lo de hoy rebasó mi asombro y no solo eso, me conmovió y removió la gran rabia y el desencuentro que tengo con muchas cosas de mi hermoso país, entre ellas, el HOMBRE NUEVO.
Miércoles, 17:55 pm. Estación Chacao. Luego de esperar unos 20 minutos (4 trenes), al fin pude quedar de primera en el andén. Durante la espera, conversaba con una muchacha y una señora mayor que venían de hacer una cola para comprar "2 bolsitas y casi 50.000 bolos” como ellas mismas me contaron. Todos (extrañamente) hacíamos la fila como debe ser, hasta que llegan un par de sujetos y se paran en el medio.
La muchacha comentaba molesta, que cómo una persona que venía llegando, se paraba donde le daba la gana. Yo al ver el aspecto de los tipos, preferí no emitir comentario. Cuando llega el tren, nos hacemos a un lado para esperar que bajara la gente, pero no… los individuos comienzan a gritar y empujar. A mí me lanzaron contra los tubos y me golpeé la cabeza, los brazos y un esguince en el tobillo, mientras que la joven y la señora caían al piso del tren. Indignadas, le gritan a los tipos y la respuesta de uno de ellos fue: “y agradece que no vengo de malas porque ahí sí es verdad que te escoñ… maldita”. Acto seguido, procedió a arrebatarles sus bolsitas de mercado.
Aquí es donde viene mi reflexión. ¿En qué se convirtió la gran mayoría del pueblo venezolano? ¿Vale la pena salir a trabajar, a luchar por un país donde a diario te toca lidiar con semejante mierda? Y me perdonan los REVOLUCIONARIOS, pero esto que construyó su presidente Chávez, lo que él denominó el HOMBRE NUEVO DEL SIGLO XXI, no es más que basura y sí, lo digo con propiedad, porque día a día tengo que toparme con esta clase de atrocidades.
Si en este momento me preguntan qué es lo que más quiero, mi respuesta podría ser: IRME DE AQUÍ, como muchos hermanos que han salido de Venezuela...
Dejar años estudio, de labor, en la patria que me vio nacer y probar suerte en otras latitudes, tal vez limpiando oficinas, atendiendo mesas o paseando perros y no consumirme lentamente en la amargura, en la desesperanza y la incertidumbre de un país que es un polvorín, donde el sistema, ha obligado a comer lo que hay (cuando logras conseguirlo), a tomar tus medicamentos si llegan a la farmacia y a ver con dolor, cómo van quedando vacíos los anaqueles de establecimientos comerciales y te debates entre mandar a reparar un par de zapatos, porque tu sueldo no te alcanza para comprar uno nuevo, o comprarle un helado a tu chamo, ya que es la única forma viable de premiarlo por algún logro.
No es justo que quien le echa bolas a la vida, quien todavía cree en este país y en su gente, le toque pasar por esta constante humillación. Sí, tal vez sea algo ínfimo en comparación a lo que vive quien tiene menos suerte que yo, que fallece por falta de algún medicamento, que ve a sus hijos llorar por la ausencia de alimentos en su mesa o peor, muere a manos del hampa que sin piedad le arrebata la vida. No señores, no deseo esperar que me toque ese momento.
Siempre he sido optimista, que todo va a cambiar. Tal vez salgamos de este gobierno prontamente pues disponemos de los mecanismos que la democracia y la Constitución nos otorga. Tal vez la producción del país mejore. Tal vez se abra la puerta a la inversión extranjera. Tal vez se apoye a la empresa local. Tal vez los indicadores económicos den cifras positivas… pero… señores, ¿quién cambia a esta juventud que tiene como premisa la ley del más vivo, del violento, del no dejarse “chigüirear”, del “aquí se hace lo que yo digo y si quiero te jodo”, del “si me provoca te perdono la vida”? ¿Cómo cambiamos la mentalidad de esos malnacidos que les importa un carajo maltratar a su prójimo? ¿Cómo hacemos con esa generación perdida y que todos sabemos que no sirve de nada?...
Amigos, en serio, esto más que un asunto económico es social y vaya que esto precisamente con políticas populistas no se soluciona.
Amanecerá y veremos. Por ahora solplan vientos de cambio. Por eso, seguiré en mi Patria.
Por ahora a ponerme hielo y ojalá, el frío refresque mi mente y me haga olvidar que mañana es otro día de caos en la otrora “gran solución para Caracas”.