Los Scott, padres de dos niños maravillosos, no estuvieron el día que nací. Pero cuando la vida se me apretó, me recogieron y me trataron como un miembro de su familia.
Creo que las familias no sólo son de sangre, a veces hay quien te ama y te lo demuestra cuando nadie más lo hace.
Nací en Caracas, capital de Venezuela, mi padre era un comerciante con un buen status social, por lo que nací en un hogar con todas las comodidades. Mi padre en ese entonces era un hombre casado, su matrimonio se había deteriorado y decidió dejar a su esposa, la cual nunca le quiso firmar la solicitud de divorcio.
Conoció a mi madre y se propuso hacer vida con ella, tuvieron cuatro hijos de la cual yo soy la tercera. Mi padre viajaba muy seguido por su profesión, en busca de nuevos productos para su negocio, salió un día de viaje a la isla de Margarita, en Venezuela y no supimos de él, sino hasta cinco días después, cuando la que era esposa de mi papa llego al apartamento con unos abogados para definir lo que haría con nosotros. Mi padre había muerto de un infarto cuando iba en el avión hacia la isla.
Quedamos destrozados, la vida se detuvo en ese instante, y créanme nunca más volvió a ser igual. En esos tiempos las leyes protegían a las esposas legales, pero como mi padre tenía cuatro hijos fuera de matrimonio debían dejarnos algo, nos dejaron el apartamento y una pequeña cantidad de dinero. Nos mantuvimos un año con eso y a pesar de los esfuerzos de mamá y mis hermanos mayores, ya el dinero no nos alcanzaba para los gastos de vivir en Caracas. Decidimos dejar nuestra vida en la capital y mudarnos a una ciudad llamada Anaco, en Anzoátegui, donde tuvimos que partir de cero.
Mi madre, mis hermanos y mis sobrinos, vivíamos en una casa de cuatro cuartos y un baño. La vida se nos había puesto difícil, por lo que me toco a mis 13 años comenzar a trabajar, así fue como conocí a Los Scott, una familia Americana, que tenían dos niños y necesitaban de alguien que los ayudara con las cosas del hogar y del cuidado de los niños.
Ahí fue cuando mi otra familia se reveló, Michael y Laura Scott, dos americanos haciendo vida en Venezuela. Viví con ellos cuatro años, y a pesar de que era su ama de llaves, ellos me trataban como miembro de su familia, y con lo que ellos me daban yo podía ayudar a mi familia. Tenía mi propia habitación, los Scott se aseguraban de que no me faltara nada, mis citas al médico, mi ropa, y cuando quería podía ir a mi casa con mi familia.
Me llevaban a todos sus viajes, y me incluían en todos sus planes, pero a pesar de todo lo que ellos me daban yo igual sentía que me faltaba algo, mi familia, mi vida en Caracas, mis amigos del colegio.
Crecí pensando que la vida era injusta y que el amor no era confiable. Con los Scott, me tomó mucho tiempo abrir mi corazón, porque había aprendido a confiar solo en mí y a sospechar incluso de las personas con buenas intenciones, cuando me convertí en una mujer, empecé a salir con hombres, algunos eran decentes y otros reforzaban mi percepción del mundo como un lugar terrible.
Cada vez que tropezaba, los Scott me regresaban a la realidad, mostrándome que el amor puede vencer todos los miedos. Sin ellos me hubiera convertido en una mujer amargada y cínica.
Después de trabajar con ellos durante ese tiempo, al Sr Michael, lo cambiaron de puesto y ameritaba mudarse a Canadá, querían llevarme con ellos, pero pensé en mi familia, mi madre y mis hermanos y a pesar de lo difícil que podíamos estar, decidí quedarme con ellos.
Despedirme de los Scott fue muy triste para mí, aún los recuerdo. No me he casado, pero tengo un hijo hermoso y grande, gracias a ellos creo en la familia, mi familia es mi pilar fundamental en la vida, y a pesar de que ellos no estuvieron cuando nací, fueron una parte importante en mi crecimiento personal.
No he vuelto a saber de ellos, confío en Dios en que están bien, sus hijos quizás ya hayan formado una familia y que siguen el ejemplo de sus padres. Siempre los recordare.
Gracias a ti por leer esta pequeña parte de mi vida.
Saludos.