“El verdadero dolor es indecible”, dice Rosa Montero, “si puedes hablar de lo que te acongoja estás de suerte”. Me detengo a pensar: quizás esa es la razón por la que no he podido escribir, por más que lo intente, sobre, por decir lo mínimo, los cambios que he vivido en los últimos meses. Termino siempre construyendo y armando historias que bordean el asunto; pero nunca hablo con total entereza y honestidad del tema. “Porque cuando el dolor cae sobre ti, continúa diciendo Montero, sin paliativos, lo primero que te arranca es la palabra”.
Vaya. Y yo que siempre he medido la vida - mi vida - en función de las palabras.
Van siete meses desde que abandoné, casi por completo, mi vida en Caracas para empezar una nueva en Buenos Aires. Van siete meses desde crucé el umbral y me fui. “Y así estás - dice Rosa como si me hablara - tan enterrada bajo esas pedregosas toneladas de pena que no puedes ni hablar. Estás seguro - estoy segura -que nadie va a oírte”. O leerme.
Tenemos la mala costumbre de huirle al duelo, a la pena, al guayabo. Le huimos al duelo, al luto. Por alguna razón nos hace sentir reducidos, débiles, frágiles, poquiticos, incómodos y ninguno de estos adjetivos caben en un mundo donde la autogestión y el pragmatismo han impuesto su reinado. No llores más, Ana, tienes que activarte. Sal a la calle, camina, escucha música. ¿No dejaste Caracas por eso? ¿Para poder salir y respirar?
Caracas me fue dejando paulatinamente, hasta que decidí darme un tiempo con ella y aquí estoy. Pero hubo un duelo. Aún lo hay. Un duelo indecible, indescifrable, impronunciable, infinito, inefable. Todas con i de inmigración.
Me cuestan los puntos medios, los grises. Amo con pasión o no amo. No tengo manera de calibrar nada: ni la felicidad, ni la tristeza. No odio, ignoro. Y ahora lo entiendo como un nivel más profundo, completo y definitivo del desamor. Y funciona casi del mismo modo para el resto de las cosas que me afectan, que me importan, que me apasionan. La palabra definitivamente parece ajustarse, fatalmente, a mí, a ese nuevo concepto que intento abrir entre mi temporalidad, ínfima en función del tiempo real, y mi historia.
Intento abrirle una cesárea al tiempo para tratar de medirme en ese vientre infinito que es la vida. Soy invisible, somos imperceptibles en relación a la historia del tiempo, de la humanidad. Pero hay palabras como el nunca y el para siempre que, a esta distancia, dan vértigo. Me fui de Caracas para siempre. O: de aquí no me voy nunca. ¿Cómo podemos medirnos con expresiones tan absolutas, tan eternas si nuestra condición es, justamente, lo contrario?
"Pero como, ¿no voy a verlo más? - escribe Rosa Montero refiriéndose al inmenso guayabo en el que cayó Madame Curie a partir de la muerte de su esposo Pierre - ¿ni hoy, ni mañana, ni pasado, ni dentro de un año? Es una realidad inconcebible que la mente rechaza: no verlo nunca más es un mal chiste, una idea ridícula." Tan ridícula como la incertidumbre, la palabra que se usa para definir el suspenso en el que entramos cuando pensamos en reencontrarnos con la familia, con nuestra ciudad, con la persona/el mambo/el novio/la novia que dejamos. Porque todos lo hacemos, ¿no? Todos lo hicimos. Interrumpimos nuestra vida de un tajo: vendimos cosas, regalamos otras, renunciamos al trabajo, metimos cuatro libros y cuatro trapos en una maleta y ya. Tramitamos el proceso y, en efecto, muchos de ellos tienen un orden, un lapso, un principio y un fin que forma parte de todo eso que llamamos vida pero, también, hay otras cosas. Vínculos, conexiones y ciclos más íntimos que no se cierran con sellos, o renuncias. Hay una historia personal que se sigue tejiendo al margen, o bajo la sombra, de una más grande y colectiva que parece regirnos.
En esta cosa de la inmediatez millenial en la que estamos sumidos, nos imponemos ser pragmáticos: elegir lo que funciona por encima de lo que queremos, de lo que nos gusta. Y en el proceso de empezar una vida en otro lugar, el duelo no funciona. ¿No?
A través de este libro de Rosa Montero – La Ridícula Idea de No Volver a Verte – entendí que ese proceso que ella va dibujando y desentrañando sobre el duelo de Marie Curie, no es muy distinto a lo que yo estaba viviendo al irme de Caracas. Sorpresa. Encontré un innegable y estrecho parecido a mi proceso como inmigrante - a la forma como se sintió mi cuerpo y mi mente - con la muerte. Es muy extraño el rechazo que sentimos, como cultura moderna, a la muerte. Nos espanta, nos parece “mala vibra”, raro. Intentamos no pensar en eso, hacerlo es como llamar a la mala suerte, al fatalismo. La muerte forma parte, importantísima, de nuestra composición humana, de nuestra condición mortal y finita. ¿Cuántos procesos parecidos a la vida y a la muerte no experimentamos a diario? El inicio y el, a veces inevitable, final de una relación. El comienzo y el fin de un trabajo. De un postre que te gusta, de un beso, de un orgasmo, de una canción, de un libro, de una película, del día, de la noche. Es decir: todo. Todo nace y muere.
¿Por qué nos asusta tanto la muerte? ¿Por qué nos asusta tanto reconocer que, en el proceso de dejar nuestro país, perdimos algo, que algo nuestro también murió? De ahí la importancia del duelo. De vivir el duelo. “Es como un astronauta flotando a la deriva en la vastedad negra y vacía del espacio exterior.” No podría encontrar una imagen más bonita para describirlo. Vastedad negra y vacía y en el medio, nosotros – yo – flotando.
Y áun así, me empeñé en sufrir, en enloquecer y ahogarme en un espiral sin fin del mal-intensidad. Mi plan era convencer a los demás que nadie sufría como yo, que nadie podía entenderlo, que la vida, imagínense, la vida, no tenía sentido, nunca lo tuvo, porque inevitablemente todo muere. Decidí omitir, en un arrebato de malcriadez, ese componente de la muerte, del fin, esa ceniza que se desprende de lo que no tiene vida como el gérmen que abre paso a un nuevo ciclo, a un nuevo comienzo. "Ya digo que el sufrimiento agudo - dice Rosa - es como un rapto de locura." Y ahí estaba yo: con las greñas enmarañadas, empeñada en perder la razón, en perder las palabras como soporte de mi vida, de la vida.
Todos necesitamos la belleza para que la vida nos sea soportable. Lo expresó muy bien Fernando Pessoa: “La literatura, como el arte en general, es la demostración de que la vida no basta”. Y en efecto no basta, no es suficiente. Por eso vemos cine, hacemos, cine, escuchamos y hacemos música. Por eso creamos. Por eso escribo: para darle sentido a la vida. Porque de otro modo es insuficiente, insoportable, invivible. Otra vez la i. Pero sí, algo falta, algo nos falta, quizás seamos nosotros mismos y estamos en el ejercicio constante de tratar de recuperarnos o, simplemente, de no perdernos. Así sea para buscar más belleza.