Mirar sus ojos era mirar un tempano de hielo, era asomarse a un hueco hecho en la tierra sin ningún fondo aparente, era perderse en una neblina tan espesa que apagar las luces de tu cuarto sería claridad, era tormenta, era inquietud.
Cuando sentía, cuando reía, cuando lloraba, seguían igual de profundos, de fríos, de oscuros, pero ya la dura capa que los protegía no estaba más para resguardar esos ojos que tanto querían ocultar la verdadera esencia de su dueña y señora, porque cuando logré adentrarme en su mundo e incrustarme bajo su piel, ante mí desnudó su alma y me mostró sus miedos, sus dudas, su debilidad, todo...
Mirar sus ojos ahora era mirar una pradera en primavera, era saber lo que estaba pensando y sintiendo como si se tratara de mi misma, era ver vida después de la muerte, era paz, era calma.