La necesidad de escribir
Yo no soy un escritor; por escribir, soy. Mis manos son apenas extensiones de una pluma, de un lápiz o de un teclado, y mi cerebro es una pequeña colección de todos los libros que no he leído y cada una de las páginas que, todavía, no se han inventado. Así defino mi necesidad: la de escribir.
Mi necesidad es escribir mis letras y las letras de mi gente, es crear voces nuevas y retomar los gritos que vociferaron aquellos que, antes de mi paso por la gran biblioteca que es el mundo, también se atrevieron a repensar (en) la palabra. Mi necesidad es amanecer sobre nuevas frases, sobre poemas y cuentos y ensayos y revistas de sala de espera. Mi necesidad es crear, recrear, consumir y difundir.
Mi necesidad es un poema por sí misma, un relato desde afuera: es una crónica que no termino de escribir.
Mi necesidad es escribir un pueblo sin ley, y luego poner orden con trazos de tinta.
Mi necesidad es
soltar versos como flechas,
atacar con ellos
a des/conocidos por conocer,
atraerlos
con la cadencia de mi palabra
y si todo sale bien:
una bebida,
un abrazo,
un gesto perpetuo.
Mi necesidad es, siempre, ser dueño de mis letras, ser dueño de mi vida por ellas y a través de ellas. Es existir entre libros y tazas de café, entre recitales y cenas con vino, entre la proximidad de las estrofas y la proximidad de los cuerpos. Mi vida es, entonces, vivir por y para escribir. Y así lo siento, y así vivo.
Mi necesidad, mi verdadera necesidad, es plasmar la palabra última, la definitiva, y vertirme por completo en ella por toda la eternidad.
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