Casa por hambre
«Todavía no amanece», pensó Cheo, haló un pedazo de la vieja sábana que envolvía a su esposa, se acostó de medio lado y se arropó. «Me duele la cabeza y no tengo una "pastillita". Menos mal que hay café, sin azúcar, pero es mejor que nada, un café me caerá bien para este dolor y ojalá que se me quite porque cuando amanezca tengo que pararme a ver qué hago. ¿Qué hora será?» Se cuestionaba Cheo mientras intentaba conciliar el sueño.
«Dios es misericordioso por permitirnos vivir. Ayúdame a conseguir dinero para darle de comer a mis hijos y comprar la medicina de Joseito. Mejor me paro temprano», pensó. Se estiró, descobijó y pegó un brinco de la cama, dio tres pasos y ya estaba en el baño cepillándose los dientes. «La única camisa que tengo limpia es manga corta, y el sol está bravísimo, tengo que comprar jabón para lavar la ropa, pero primero lo primero, la comida para poder andar».
-¡Las medicinas! Dijo en voz alta mientras llevo sus manos a la cabeza. «No se me pueden olvidar, ese carajito sí se enferma como si la vaina estuviera muy buena, pobrecito», pensaba Cheo mientras sostenía la pequeña olla donde hace el café a diario y cuando estuvo medio llena de agua cerró la llave, la puso encima de la hornilla, encendió un fósforo, abrió el gas y prendió fuego.
Su mujer percibió el aroma más placentero que existe y enseguida despertó.
-¡Mijo no hay azúcar! Dijo la amodorrada mujer de piel canela y cabello crespo que se estiraba en la cama.
Un silencio perturbador sorprendió a María al no escuchar una respuesta, era imposible que Cheo no escuchara, la casa es tan pequeña.
-Cheo, ¿estás ahí?
Un grito de angustia: -¡CHEO!
Ella se acercó y puso la mano en el hombro de su marido.
-Maldigo el día en que voté por este gobierno prometedor María, por el interés de que me construyeran esta vivienda me doy cuenta que cambié casa por hambre, dijo Cheo y bajó la cabeza.
Caricatura Zapata