Un encuentro a destiempo
-Esto será todo un reto por la avanzada edad del paciente, pero ya consulté con el cardiólogo y aunque los riegos son altos tomamos la decisión de hacer la operación, es lo más prudente.
-Confío en ustedes doctor, hagan lo que tengan que hacer, solo quiero que mi padre viva.
Le respondió Elisa del otro lado del teléfono que sin percatarse y envuelta en nervios, angustia e incertidumbre se había mordido todas las uñas.
Pasó media hora y Rosa llegó a la sala de espera. Caminaba lento y ayudada por un bastón, sus años se dejaban notar, pero a la misma vez la confianza y seguridad que reflejaba su rostro se llevaba de tu mente cualquier pensamiento de compasión hacia ella, hizo una pausa, levantó la cabeza y miró a Elisa sentada, evidentemente sumergida en dolor y le dijo:
-Tranquila mija que mi hermano está hecho de roble, la tierra habrá dado miles de vueltas más alrededor del sol para cuando él se despida de este mundo.
Elisa volteó, corrió y se le fue encima, no lo notó, pero la apretó muy fuerte y dijo:
- ¡Tía cuanto tiempo sin verte! Gracias por venir.
La noticia de la arriesgada intervención quirúrgica se corrió rápido en toda la familia y la sala de espera no tardó en llenarse. Miguel y Juan llegaron de últimos, ellos son los hermanos menores y aun así cada uno tiene más de 70 años, en ese momento ya los doctores estaban en quirófano poniendo todo su empeño para salvar la vida de aquel hombre.
-Hermanos míos, queridos y amados hermanos, acérquense a mí, dijo Rosa cuando vio llegar a Miguel y Juan y continuó:
- ¿Hace cuánto que nos los veía? Creo que es hora de dejar de lado nuestras diferencias. Enseguida apareció un llanto y con la voz quebrada siguió:
-No es posible que la inclinación política nos haya mantenido más de cuatro años alejados, ¿Desde cuándo se volvió más importante un gobierno que la familia Miguel?, ¿De cuántos instantes de felicidad nos hemos perdido Juan? ¿Podemos seguir siendo hermanos de verdad? Nuestra unión será la mejor sorpresa para Eduardo cuando despierte.
Era hermoso mirarlos. Los tres abrazados, siendo hermanos por sobre todas las cosas, llorando con sinceridad en medio de aquellas paredes que habían escuchado más súplicas que una iglesia. Los sentimientos se podían tocar.
Elisa que no desviaba la mirada de la puerta de quirófano vio a través del vidrio al doctor acercándose, ansiosa corrió hasta él y enseguida escuchó al doctor decir, lo que nadie querría escuchar en ese momento.
Ilusiones difusas
Casa por hambre