En los suburbios de esta ciudad
sin salida,
habitan las pasiones
de miles de almas.
Aquí en la aldea en que vivo
hay un callejón
donde hierve un volcán,
ese mismo que guarda las cenizas,
de ayer, anoche, mañana, después, más tarde,
las cenizas de siempre.
En este pueblo aledaño a la metrópolis
se funde un vacío sin salida,
vacío dueño del eterno jardín
en el que inmersa me encuentro.
Mientras, las ciudades avanzan,
los pueblos maduran,
las aldeas dejan de ser aldeas,
mientras parpadeo,
el volcán sigue hirviendo.
Es en este lugar donde habitan
El pájaro, el árbol, la nube y el campo;
donde los perros ladran, a lo lejos,
siempre todo a lo lejos,
todo siempre a lo lejos,
en el ocaso, en el amanecer,
en el inmenso mar azul donde todo se funde,
todo sigue estando lejos..
Es la ciudad, es el pueblo, la aldea
que declina,
entre los ríos que desangran
sentimientos sin vida.
Es la noche que oscurece,
es el paso de la vida,
es esta metrópolis incauta
desquiciada, malpensada;
que me agobia, me perturba, me lacera;
dejando sus manos hundidas
en el largo trajinar de una rutina paralítica,
remembranza de la nada.
Es aquí mismo, en esta ciudad, en este pueblo
o en esta aldea,
donde atada con cadenas de mármoles
Todos los días, muero, nazco y vivo
Sumergida en un vaso de agua con cristales;
Oxigeno, hidrógeno, nitrógeno y
Sulfuros.