Las complicaciones del escritor contemporáneo suelen ser un dolor de cabeza y más tomando en cuenta que vivimos en un mundo en el que estamos acostumbrados a que todo se haga a la velocidad de la luz, bueno, tal vez exageré, pero no encuentro una mejor metáfora para explicar lo que para el mundo actual significa tener y hacer las cosas rápidas. El estar acostumbrados a que todo vaya a un ritmo veloz es una característica que va de la mano con la inspiración, de igual manera, sino conseguimos lo que queremos plasmar en nuestros escritos nos desesperamos, nos volvemos locos e incluso llegamos a querer dejar todo con tal de sentir un poco de paz, pero como era de esperarse, eso no sucede, al contrario, lo único que nos inunda es una sensación de culpa por no buscar una solución o por lo menos otra alternativa para que fluya la inspiración rápidamente. Buscamos rápidamente estímulos visuales y textuales que nos puedan ayudar a encontrar ese producto creativo que tanto estamos buscando, desesperadamente entramos a la boca del lobo tapizada de ideas muy chingonas sobre formas, colores, perspectivas e historias que claramente podríamos contar en nuestro escrito, sin embargo, rápidamente, así como pasa una imagen, vemos otra, y otra, y otra sin parar. Decidimos seleccionar las mejores, pero hemos acumulado tantas que ya ni siquiera sabemos cual elegir.
Con los textos pasa algo similar, vamos en busca de uno y otro para poder inspirarnos, leemos hoja por hoja, imaginando las palabras que podemos construir con cada cosa escrita que vamos encontrando, la subrayamos, hacemos anotaciones, miramos a los lados para ver si estamos captando bien las ideas sobre lo que estamos viendo, pero de nuevo; al buscar el resultado nos damos cuenta de que no hay nada relevante, no te llena lo que acabas de recopilar, piensas muchas cosas a la vez y terminas frustrándote porque simplemente la magia de la inspiración no se ha dado como lo esperamos. ¡Maldita sea la inspiración! Y vaya que sí, es una traidora que nos deja tirados en el suelo como bebés cagados, esperando a que su madre le limpié el pañal. Se lee exagerado, pero al final, representa la cruda realidad.
Pero, ¿qué pasa cuando no solo estos son los problemas que acongojan al escritor? Es decir, hay factores externos muy actuales que atormentan de vez en cuando, uno de ellos es cuando el servicio de internet/wifi decide irse a la [inserte la grosería que más le agrade], uno de los problemas es que los documentos los alojamos en la nube, y es imposible acceder a ellos sin internet, aunque existe la opción de editarlos sin conexión, en una de esas que te has distraído, se te olvidó poner en ese modo el que estás a punto de trabajar, pero con la sorpresa de que no podrás hacerlo, ya que no hay conexión.
Lo malo de todo esto, es que a los servicios le vale si sus consumidores la están pasando bien con su servicio, aunque aparentan tener buena atención al cliente, la verdad es todo lo contrario. Tal vez desde un punto de vista “objetivo”, alguien podría argumentar que son problemas que tienen solución rápida, y en efecto, pero cuando se trata de tiempos medidos y uno que otro atraso, no creo que esperar casi todo el día a que regrese la conexión sea una solución rápida. En fin, ahora viene una que es mi favorita; cuando se te descompone la máquina con la que pretendes escribir hasta el día de tu muerte los escritos que tanto has soñado, así es, me refiero a la poderosísima laptop/computadora o como le digan en tu país. Este preciado artefacto que te tiene con la espalda encorvada tiende a volverte loco de vez en cuando, aunque tengas las mejores soluciones tecnológicas, siempre habrá un defecto de por medio, al final también es normal, la tecnología no es perfecta, pero si un dolor de huevos.
Así es como la inspiración atascada se ve cuando no llega a tiempo a su escritor, pero sin ello no hubiera escrito esto, pero también si ya tuviera exactamente lo que quiero plasmar no estaría tan desesperada.