La génesis del confinamiento, una locura que pronto se convertiría en interminable. El virus comenzaría a brotar en Wuhan, China en el 2019, pero en menos de lo que canta un gallo el coronavirus invadiría a México a principios del 2020. En algunos comenzó a brotar el miedo y la incertidumbre, mientras que en otros la despreocupación. Comenzaron los tiempos difíciles, prontamente algunos negocios cerraron, los telones de los escenarios de teatro, los patios de las escuelas se vaciaron, y el papel de baño sería el oro de los mexicanos en plena emergencia sanitaria. El cubrebocas comenzó a ser un accesorio cotidiano y el lavado de manos un desquicio. El éxodo se había hecho presente, la vida dejo de tener matices para pasar a ser percibida en blanco y negro; colores que resaltarían en la empatía y la indiferencia del pueblo mexicano.
La cuarentena llego a la puerta de mi casa, mis soldados y yo estábamos desarmados nadie tenía una estrategia ni las armas suficientes para enfrentarlo, pero salimos al campo de batalla. El confinamiento se volvió otro miembro de nuestra familia y poco a poco comenzamos a compartir el desayuno, la comida y la cena reunidos en la mesa como no lo hacíamos hace unos años. Nos dimos cuenta de las costumbres que habíamos perdido, que las charlas ya no eran tan comunes, habíamos pasado mucho tiempo desconectados. También comenzaron a brotar las diferencias, la confianza y como tal cual castillo de arena, se habían derribado los prejuicios y los chingaqueditos que existían en nuestro y pronto nos comenzamos a llamar «familia». Comenzamos a escuchar más música, entre ellos a José José, Juan Gabriel, The Racounteurs, Los Tigres del Norte mientras contábamos uno que otro chisme de los buenos. Los memes los comenzamos a compartir y los filtros se hicieron presentes para fabricar una que otra buena carcajada antes de dormir, pero no todo fue un llevadero para mis soldados y yo, como todos, pasamos por el punto de inflexión que nos hizo regresar a nuestro trinchero, pero como todo lo que sube tiene que bajar, volvimos a ser un equipo de soldados reloaded.
El amor en tiempos de COVID, muchos se preguntan que rayos es el amor mientras que otros sólo lo gozan. Unos se atreven a decir que no creen en dicho sentimiento como si fuera una religión, pero al final todos viven una experiencia con la dopamina. Rumoran que, a partir de la pandemia, muchos matrimonios fracasaron como consecuencia de haber estado encerrados con sus parejas, prácticamente aislados de cualquier otro ser humano. Otros dejaron de ver a sus parejas porque respetaron la cuarentena y hay quienes simplemente dejaron morir la relación. No hablaré de mi situación amorosa porqué es más compleja que la teoría cuántica, sólo soy un testigo de que el amor romántico me ha dejado en bancarrota. En fin, los sentimientos son un lugar extraño y hemos pasado por una curva de emociones mientras estamos en este bucle llamado encierro.
La doña de las quesadillas, de los tamales y la tiendita de Don Fer que estaban frente a la universidad, ¿qué habrá sido de ellos? Una situación así segura los golpeó duro. Recuerdo esto mientras miro a través de mi ventana y veo correr a una manada de niños, juegan como si no hubiera un apocalipsis a punto de estallar el globo terráqueo. Llevan puestos sus cubrebocas mientras sostienen de sus manos un par de bolsas de plástico, tal vez están haciendo «el mandado». Mi madre me llama para comer y me pregunta - ¿hasta a qué hora has estado despierta últimamente? – Mientras me sirve el platillo principal. No lo sé -le respondí- he perdido la noción del tiempo y del sueño, afortunadamente puedo estar en confinamiento y no saber por ahora del cansancio físico ni del tiempo, pero las personas que tienen que seguir saliendo a la calle para sobrevivir sí y lo viven a diario, sin duda somos afortunados. Los ciclos de la pandemia cambiaron, ya no existía un principio ni un fin; las secuencias comenzaron a ser repetitivas, el virus nos atrapo. Muchos han optado por convertir un virus en religión diciendo que no existe. Han llamado héroes al personal de salud, pero no a los repartidores de comida, las recepcionistas, los albañiles, los barrenderos y a los que se han quedado sin un pan en la mesa.