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Camino lento por las calles de esta maldita ciudad, nunca me enseñaron a correr y no pretendo hacerlo, soy organizado hasta para respirar, nunca veo nada interesante, solo personas desgraciadas que piden ser libres, los miro sonriendo, disimulando la lastima que les tengo, pero en realidad los odio a todos, provocan náuseas, merecen estar muertos. También los observo desde mi oficina, he visto como los obreros me ven pegado al cristal con mis ojos clavados en ellos, maquinando cosas, me desprecian por ser el dueño de esta empresa, el trabajo es una excusa, solo soy un gran pensador, pienso en lo triste que puede ser la vida de las personas, trabajando para otros idiotas que esperan cómodamente un producto, desde aquí imagino acabar sus miserias.
¡Demonios no estoy enfermo!
Aunque mi médico crea que debo tomar estas putas pastillas, para poder dormir por las noches. Nunca me han diagnosticado nada, soy totalmente consiente de mi estado, mi salud y estoy genial. Yo soy su salvación, su refugio, la última esperanza que queda en esta lenta agonía, en la que se encuentran hundidos. Odio que sean tan básicos, nadie merece respirar mi aire, si la gente escuchara lo que pienso nadie se acercaría a mí o respondería a mi falso saludo. Debo confensar, tomó nota desde mis miserables 12 años, esa libreta la guardo con recelo, enterrada en mi jardín, allí están mis más oscuros secretos y solo la saco para llevar un orden de todas las personas que ayudo.
Aborrezco este día
Mi auto se averió y tuve que utilizar el autobús, ¡Quizás te vi a ti en esa unidad pública! Sin darte cuenta te observe, tus ojos me daban pistas de tu desgraciada vida; intentaba adivinar a que te dedicas, sé que eres escritora, vi tinta en tus dedos, vi que están maltratados por tanto transcribir. ¡Tú podrías ser mi próxima víctima! En fin, hoy no quiero llegar a casa, me encuentro aquí en la oscuridad sentado bajo la opaca luz de la luna y un bombillo a medias, mi chaqueta me abriga del frío. Pienso en un número: el 14. Me emociono y una sonrisa macabra se dibuja en mi rostro, al recordar a esa chica rubia en el supermercado, noto mi garganta reseca, estoy sudando como aquella vez cuando mi padre me obligaba ser su perrita de turno, nadie me salvó nunca.
Necesito mantener contenta las voces, es lo único importante
-¿Mateus Mancini? -pregunta alguien-
-Si, soy yo -réplica Mateus-
-¡Usted señor! Levante las manos, queda usted detenido por los asesinatos de su esposa Patricia y 12 personas más.
Volteo, saco un cerillo de mi bolsillo, y enciendo mi cigarrillo, ignorando las luces y la sirena de la patrulla. Entonces veo con claridad a un hombre de traje que está detrás del oficial. -¡Diablos, que risa tengo! Y disfruto una última fumada antes de desecharlo. ¡Maldita humanidad, el tiene en su mano mi libreta!
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