Dicen que la muerte es como una larga noche.
No sé si la expresión tenga algún viso de verdad o un mínimo atisbo de esperanza.
No sé si en ella, tan solo subsiste esa mítica ilusión de despertar algún día en un hermoso y florido jardín; donde pacen mansas ovejas junto a lobos redimidos.
No sé si al final de ese sendero, ya sea corto o largo, haya alguna luz.
No sé siquiera -o tal vez no creo- que haya alguien que en verdad ha relatado una posible experiencia de ida y regreso de ese trance mortuorio. Tal vez solo un guiso escrito con miras mercantiles.
Tantas cosas que no sé hoy día, bastante avanzada la esquina de medio siglo de vida y llena de incertidumbres.
No sé cómo seguir viendo un reloj y un calendario que avanzan sin sentido.
No sé cómo afrontar tantas ausencias, tantos afectos lejanos, tantas sonrisas que faltan cada mañana.
No sé como regar el jardín de las ilusiones con otra cosa que no sean lágrimas y es que las lágrimas marchitan todo a su paso.
No sé como llenar los vacíos que han minado la existencia. La propia y la ajena.
Una inmensa marea de impotencia se nos ha echado encima. Un alud incontenible arrollando violentamente el alma y sus convicciones.
No sé cómo emerger de los escombros de palabras muertas, de los gritos viscerales que esconden tantas penas.
No sé rescatar un cielo azul de entre tantas nubes grises que lo engullen.
No sé definir las palabras que crujen en las rodillas cansadas, agotadas, moribundas.
Y pasaría muchas horas enumerando infinitas farsas de no sé, pero se escapan de la lucidez momentánea que ha entrado en la carpa y siguen yaciendo en las losas frías de la impotencia.
Solo quedan girando imágenes difusas. Tristeza, desolación, alaridos nocturnos y vidas que se apagan.
Cosas que quiero vayan ligero al mar del olvido.
Cosas espantosas que han de trasmutarse en breve y volver aseadas, expiadas, habiendo sido purificadas.
Porque ahora mismo solo sé, que vivimos una muerte en vida. Una degradación de la esencia humana, a manos de los objetores políticos de turno que anulan las fuerzas civilizadas.
Habrá de pasar mucho tiempo -si es que llegare a suceder- para deshacer la civilidad que anida en el tuétano heredado. Ese sólido cimiento inquebrantable que nunca dará de comer a un monstruo.
Hay una confusión suspendida en derredor y no sé cómo enfrentarla.
Estas, quizá son palabras incoherentes, pero necesarias.