Es difícil de explicar, pero no soy de esas personas que se sienten siempre cómodas donde sea, sin embargo ,y aunque suene cursi, encontré un hogar fuera de casa.
Aunque me tomó un tiempo entrar en confianza, cuando finalmente lo hice se sintió como amor a primera vista. Pronto mis compañeras se convirtieron en hermanas y sus padres en los míos, profesores que se volvieron más que una buena influencia y se convirtieron en mis principales modelos a seguir.
Me gusta pensar en mi escuela como un lugar mágico donde todos tus sueños se cumplen, aunque la realidad no sea nada mágica y detrás de esa fachada fantasiosa esté el arduo y poco recompensado trabajo de todos aquellos que dan la vida por mantener viva la esencia del arte y el legado que ha dejado la escuela en el ballet.
Las personas nunca logran entender por que entre fiestas, paseos, reuniones y tiempo de ocio, siempre pongo el ballet por encima de todo, quizá piensen que soy una amargada o hasta un poco asocial, pero apostaría mi vida a que esos que no logran verle sentido a mis prioridades no han encontrado, aún, ese "algo" que les apasione y los haga sentirse completos. Para esas personas mi deseo es que, algún día, lo puedan encontrar.
Si me pongo a relatar todas las cosas por las que ha pasado mi escuela no termino nunca, es algo trágico, como una novela. Así que mejor les dejo unas fotografías.
Estas fotos las tomé con un Blackberry, y tampoco soy fotógrafa, no sean duros conmigo.
Les presento las diferentes vistas desde los salones de mi querida Escuela Ballet-Arte ubicada en el PH de una de las torres residenciales en Parque Central, Caracas, Venezuela.
Esta última fotografía es sin duda mi favorita, todas las tardes observo atardeceres más y más hermosos, pero lamentablemente no tengo cómo capturarlos.