Donde hay miedo, ya hay un lento deterioro; una muerte lenta aunque uno puede estar viviendo
J. Krisnamurti
Así, ante una enfermedad mental, el primer planteamiento es negar u ocultar la enfermedad, como pretende esconderse cualquier diferencia, llámese autismo, síndrome de Asperger, entre otros; planteamiento que en ocasiones refuerzan los mismos especialistas en salud.
Adicionalmente, se plantea que la enfermedad mental ocupa un escalón más bajo en relación a las enfermedades orgánicas, y por tanto, la atención especializada luce optativa, no obligatoria ni urgente. Como ejemplo de lo anterior, ante este tipo de enfermedades, muchas compañías aseguradoras sólo protegen al titular de la póliza, con coberturas por debajo de las ofrecidas ante otro tipo de enfermedades, sin tomar en cuenta que la enfermedad mental puede tener base orgánica, pero en cualquier caso, constituye un padecimiento de salud que no es ni de menor envergadura, ni menos importante o urgente, sino que amerita también atención especializada, oportuna y de calidad.
Por otro lado, tiende a pensarse que las enfermedades mentales no ameritan reposos domiciliarios y hospitalizaciones, planteamiento que dista completamente de la realidad.
Otro planteamiento común es que el enfermo mental debe aislarse, perdiendo automática e irremediablemente su derecho de ser útil a la sociedad. Imaginemos por un segundo, que países como Dinamarca, que tienen las tasas más altas de enfermos mentales, validaran socialmente este tipo de posturas; sencillamente, sería impensable, sobre todo considerando que el estudio, el trabajo y la práctica de un oficio u ocupación son factores que promueven la salud mental, esto es, previenen el padecimiento y favorecen la recuperación.
Lamentablemente, en países con menos cultura de tolerancia e integración, quien padece una enfermedad mental es segregado en su trabajo y/o centro de estudio, y hasta por su familia, usando su condición como excusa para violentar, acosar, anular o excluir a la persona.
Todo esto no resultaría preocupante si la realidad social y económica de Venezuela no fuera tan extrema, detonando el aumento exponencial de este tipo de enfermedades, convirtiéndolas en un problema de salud pública que difícilmente podremos ocultar, y que se agravará con el éxodo de profesionales de la medicina, el cierre de las instituciones de salud, la escasez y el alto costo de los medicamentos.
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Tal como señala el portal de noticias citado, las contadas instituciones hospitalarias dedicadas a la atención de las enfermedades mentales, serán seguramente las más olvidadas en medio de la crisis de salud que atraviesa mi país, producto entre otras cosas, de esa concepción social que invisibiliza y menosprecia este tipo de padecimiento de salud y a todo el que lo sufre.
Así, por ejemplo, es del conocimiento público que en la región occidental del país, el Instituto Venezolano de los Seguros Sociales no cuenta actualmente con psiquiatra en ninguna de sus dependencias hospitalarias.
Y con la indolencia característica, vendrán cosas peores, me temo, por ejemplo, el alza de la tasa de suicidio -tema sensible al que dedicaré próximamente una publicación-, pues no termina de comprenderse que todos podemos estar en riesgo de sufrir una enfermedad mental, por tanto, invertir en salud mental es invertir en el progreso humano y social.
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