En este último mes estuve asistiendo a un taller de formación para terapeutas y una de las asignaturas exigidas por la materia era realizar una autobiografía.
La verdad las autobiografías son una terapia donde hacemos catarsis y por lo que experimente es excelentes para transportarnos desde el consiente a los hechos que nos afectan emocionalmente. Durante el proceso de elaborar mi autobiografía me di cuenta que era más fácil escribir de las circunstancias desagradables que viví, los cuales recordaba con lujo de detalle, que los acontecimientos felices de mi vida que casi pasan desapercibidas.
Para no aburrirlos quisiera compartir un pedazo de mi niñez que recuerdo con mucha felicidad.
Yo soy gemela con otra niña y según mi mamá éramos muy traviesas y yo no sé porque lo dice. Un día cuando nosotras teníamos 5 años y mi hermano menor tenía 4, mi mamá se encontraba buscando a mi hermanito y nos preguntó que si sabíamos dónde estaba, lo cual respondimos que no. A mi mamá le pareció raro que estábamos arrastrando un saco por un camino de piedras en el patio de mi casa y nos dijo:
-¿Que llevan allí?
Y le contestamos
-¡Nada mamá!
Nos volvió a preguntar y lo negamos otra vez, pero no quedo conforme y nos revisó el saco y en su interior encontró a mi hermanito medio morado y golpeado. No recuerdo si nos castigaron, pero la anécdota resulta ahora un chiste.
Recuerdo que andábamos con los pies descalzos y sucios y le decíamos a mi hermano menor.
-¡Gatitoooo, gatitoooo, gatitoooo!
Y él en su inocencia respondía
-Miauuuu, miauuuuu, miauuuu lamiéndonos los pies, que luego quedaban blanquitos. En otras ocasiones amarrábamos a chicho (mi hermanito) con las manos atadas en la espalda y lo hacíamos correr y le pegábamos hasta que se caía.