Saludos, mis queridos amigos de Steemit.
Les dejo un relato que escribí mientras esperaba a mis estudiantes en la universidad. La Universidad de Oriente (UDO) es mi segunda casa y duele ver cómo se va cayendo a pedazos al igual que el país. Muchos estamos luchando contra la corriente para salvarla y salvarnos de la debacle, pero hay situaciones y condiciones que se nos escapan de las manos y solo nos queda el llanto ahogado.
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La realidad era una pesadilla
Amaneció lloviendo. Me levanté de la cama con toda la pereza que implicaba el clima y con las ganas de dormir que me faltaron hasta la madrugada. Me asomé al balcón y vi las gruesas gotas que caían, rápidamente, mojando el pavimento. Algunos transeúntes corrían huyendo del agua con sus paraguas. Aún no aclaraba el día. Fui a la cocina a hacer café, era impostergable la necesidad de sorber el estimulante líquido. Mientras se colaba el café, acaricié a mis perros y felices se entremetían por mis piernas agradeciéndome el gesto.
Desayuné y me alisté como todos los días desde hace veinte años para hacer lo que más me gustaba de mi trabajo: enseñar. Dejé los problemas y las preocupaciones en casa y salí bajo la lluvia con mi paraguas. Tomé el primer bus que llegó luego de veinte minutos de espera. Me acomodé como pude detrás del asiento del conductor. Esperaba encontrarme con más estudiantes queriendo aprovechar el transporte, pero no fue así. Desde hacía un tiempo ya no asistían todos; a mis clases menos de diez cada día. Me quedé pensando en las justificaciones que daban; eran muy convincentes y dolorosas: No tenía para el pasaje; no había comida en casa y tenía hambre; no vengo más porque necesito trabajar para ayudar a mis padres…
Al llegar a la universidad ya había dejado de llover. Recogí el material de mi escritorio y fui al salón. Esperé que llegaran. Antes los estudiantes esperaban al profesor, pero ahora las circunstancias eran otras. Tardaban por falta de transporte, entre otras cosas. En muchas ocasiones se arriesgaban a montarse en camiones con barandas y hacían el esfuerzo para asistir a la clase. Yo los esperaba…
Aparecieron todos, mi sorpresa se reflejó en la sonrisa que se dibujó en mi cara. Comencé la clase. Los muchachos estaban rozagantes, atentos y participativos. Preguntaban con curiosidad, el brillo de sus ojos me inspiraba a seguir. Una clase maravillosa, yo estaba satisfecha.
De pronto, alguien me llamó. Me sobresalté y vi a mi alrededor; no había nadie en el salón, cuatro o seis pupitres vacíos y el que ocupaba yo con todo el material encima. Vi el reloj. Había pasado la hora de clase.
Me invadió una tristeza indescriptible, ahogué mi llanto. Esta semana no vinieron los estudiantes, ni uno… Yo estaba sola en un salón desmantelado. La realidad era una pesadilla.
Estimados amigos, les agradezco la lectura de este relato y sus comentarios. Los valoro todos. Gracias por visitar mi blog. Nos leemos pronto.