LA MUJER DE NEGRO
Era una tarde calurosa del mes de agosto en la finca de mi abuelo Francisco, en el Estado Falcón, la cual después de su muerte, heredó tío Enrique, hermano de mi mamá. Recuerdo que estábamos de vacaciones. Yo tendría unos siete u ocho años de edad. El sol se hundía entre los cujíes, y las cabras regresaban a los corrales para pasar la noche. Se escuchaba el canto de despedida hasta el día siguiente, de las palomitas de monte. Ya los niños dejábamos de jugar para irnos a bañar, a comer y posteriormente, a dormir. Sabíamos que, luego de comer, apagaban la planta eléctrica que proporcionaba luz a toda la casa. La casa era grande y elaborada en bahareque, tenía grandes habitaciones y grandes ventanales de dos alas hechas de madera. Había varias salas y corredores. En una de esas salas, estaba una escalera de madera que al subir, se llegaba a otra sala grande que todos llamaban el balcón. En la sala que estaba justamente debajo del balcón, dormíamos mis padres, mis hermanos menores y yo, cada uno en una hamaca. En esa sala o habitación, había un ventanal grande de madera y lo rodeaban tres habitaciones más, quiere decir que tenía tres puertas, cada una conducía a otro espacio. Una de las puertas, daba al recibidor o sala principal, ésta tenía una puerta grande de madera de dos alas que abrían hacia adentro, había un ventanal grande también, unos bancos o asientos que salían de las paredes y había un arco que conducía al comedor. En ese comedor, estaba una mesa de madera con sus sillas forradas con cuero de vaca, un tinajero de madera con la piedra para filtrar el agua y la tinaja que contenía el agua ya filtrada. Si continuábamos nuestro recorrido por los corredores de la casa, pasaríamos por un cuarto donde guardaban muchos objetos viejos y otro cuarto donde guardaban la comida: maíz, caraotas, mijo, frijol, cecina de chivo, melón, patilla y otras cosas, hasta llegar a la cocina donde terminaba la casa.
Ya casi oscurecía y anunciaban el apagado de la planta eléctrica. Todos nos íbamos a acostar en las hamacas dispuestas para dormir. Mi tío Enrique, dormía solo en una hamaca colgada en la sala principal. En la habitación contigua, mis padres, mis hermanos y yo, estábamos acostados en las hamacas esperando el apagado de las luces. Papá nos contaba historias de Tío Tigre y Tío Conejo para distraernos en la oscuridad de la habitación, y cada uno de los oyentes nos íbamos quedando dormidos en alguna parte del relato.
De repente, a mitad de la noche, el calor y la sed me despertaron. Todos dormían profundamente. Quería agua, pero debía levantarme e ir al tinajero que estaba al pasar el arco del recibidor. Me quedé pensando, hasta que decidí levantarme. Observé todo a mi alrededor. Por la ventana entraba la claridad de la luna que iluminaba las hamacas donde dormían todos. Atravesé la puerta hacia la sala principal, vi a tío Enrique durmiendo en su hamaca y cuando me dirigía al arco que lleva al comedor, quedé paralizada cuando vi a una mujer vestida completamente de negro, parada justamente en el arco. Usaba un vestido largo, con armador, mangas largas y un velo que le cubría el rostro, sin embargo, a través del velo podía ver sus ojos que brillaban como candela al mirarme. A lo lejos, escuchaba los aullidos de los perros de la casa. Mis piernas no respondían, tampoco salían los gritos de mi garganta atorados de puro asombro . Comenzó a caminar hacia mí, mientras lo hacía no pronunció palabra alguna. Detrás, mi tío en su hamaca. Volví mi rostro para no verla y pude salir corriendo a acostarme. Me arropé de pies a cabeza, estaba temblando y no hacía frío. Permanecí acurrucada hasta que me quedé dormida. En la mañana, el canto del gallo me despertó. Recuerdo que no le conté nada de lo ocurrido a nadie.
Varios años después, escuché a mi tío relatándole a mi mamá y a otra de sus hermanas, que el espíritu de una mujer vestida de negro, lo visitaba todas las noches mientras dormía y la mujer le pasaba la mano por la frente, como si lo acariciara. Dijo además, que las primeras noches se asustaba muchísimo, pero con el tiempo se acostumbró a ella.