Basado en el cuento de Horacio Quiroga
“Solitario”
El destello de un reluciente diamante, se refleja en la mirada penetrante y ansiosa de una mujer, que a través de una ventana observa el trabajo de un humilde joyero. Aquel diamante se convirtió, en el símbolo de interés y fue el vínculo para que Abell un hombre humilde y sencillo de rasgos árabes, algo hipocondríaco pero trabajador, se casará con Brenda, aquella mujer de escasos conocimientos, con ojos claros y de piel blanquecina, que lo observaba con ambición.
Abell, no tenía más que su hogar para trabajar y era allí donde encontraba la musa que lo hacía levitar, entre la aurora colorida, que cada diamante y piedra preciosa reflejaba en las paredes y los delicados engarces con que él las unía al metal.
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A pesar de trabajar horas y horas, sobre alguna pieza, su meticuloso trabajo no estaba siendo bien pagado, gracias a su falta de experiencia comercial.
En el medio de ese destello la mirada de Brenda y Abel siempre se encontraban, ella anhelando un diamante que posara sobre su cálida tez, y él con la idea de seguir produciendo y no prestarle atención a su mujer. Con el pasar del tiempo Brenda le agarró gusto a la labor de su esposo, sin embargo aún no entendía porque en su mayoría las prendas se iban y ninguna quedaba para ella.
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Una tarde, ella se acerca a la mesa de trabajo, un tanto provocativa, buscando la atención del marido, mostrando algunas partes de su silueta, sus delicados senos se asoman por el borde del canesú, en busca de un halago o algún elogio que la hiciera sentir mujer. Sin embargo, él perdido entre la filigranas que tejía no le prestaba atención.
Bajo la rutina de trabajo de Abell y el afán de ella de tener una prenda, recurre a probarse cada alhaja sobre su cuello, posando frente a un espejo y admirando su belleza.
Brenda aprovecho la ocasión y se guardo el collar en el que Abell había pasado varias noches trabajando. No pasó mucho tiempo, para que él se diera cuenta, y de manera molesta se dirigió a Brenda para pedirle la joya. Entre una breve discusión, Brenda negó todo y se hizo la victima, poniendo por delante aquel dolor que sentía, porque él no le prestaba atención.
Una noche fría y lúgubre, cuando ya todo estaba en silencio, y la mayoría de la gente dormía, Abell se acerco a la habitación donde reposaba Brenda, y sigilosamente se sentó en la cama, acerco su mano a la mejilla de su mujer, haciéndole una delicada caricia. De repente, recordó que la mujer que estaba dormida tan tranquilamente lo había robado. La ira lo invadió, haciendo que levantará un punzón que llevaba en la otra mano, a simple vista no parecía un arma mortal. Abell no lo pensó dos veces y enterró en el pecho de Brenda, aquel punzón que tenía una hermosa piedra.
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Este cuento esta versionado según mi imaginación, sin embargo si quieres leer el original te recomiendo que vayas a este link: Solitario
Fotografía: Ramses Bolívar - cámara Canon Power Shot SX500