Amanecía un día más a la falda de la Sierra de Oro, con el típico calor del mes de agosto. Era domingo y con el calor, la gente permanecía hasta tarde en casa y los niños aprovechaban en la calle, aquel día 26, los últimos días de fiesta antes de volver a las clases. Nada hacía presagiar el desenlace del día. Como cada noche, después de la cena, los vecinos de Puerto Hurraco se reunían a ‘la fresca’, para departir, mientras los pequeños del pueblo jugaban en la calle, tan tranquilamente, de aquella pedanía de Benquerencia de la Serena.
Mientras todo transcurría con normalidad, Emilio y Antonio fueron a ver a sus hermanas Angela y Luciana. Las hermanas, solteras y que jamás tuvieron marido, compartían la casa de la madre, después de que esta muriera en un fatal incendio, que se declaró accidental, pero que los cuatro hermanos Izquierdo interpretaron provocado, por la familia Cabanillas. Durante los seis años que pasaron, desde el fatal accidente en 1984, pensaron que fue una venganza de por el asesinato de Amadeo Cabanillas a manos de Jerónimo Izquierdo.
- Buenas noches hermanas
- ¿Cómo ha ido el día? –pregunto Angela a sus hermanos.
- Sin mayores novedades –contesto Antonio, el pequeño de los hermanos
- ¿Queréis un café o alguna cosa? –dijo Luciana desde la cocina, mientras terminaba de guardar los cacharros.
- La verdad es que no, vamos a cazar tórtolas.
- Hace buena noche para ello –repuso Emilio, el mayor.
- Que se os de bien la caza, ya traeréis las piezas para que las limpiemos –dijo Angela sonriente.
- Eso haremos. Hasta luego hermanas –se despidió Antonio.
- Que descanséis –dijo Emilio besando a sus hermanas en la mejilla.
- No hagáis muy tarde y no os separéis de la senda –finalizo Luciana, preocupada porque no les pasara nada en el monte, aunque era consciente que lo conocían palmo a palmo.
Los dos hermanos se marcharon y las hermanas se quedaron en casa, viendo un viejo televisor en color, regalo de Antonio, hace un par de años. Los dos hermanos, con sus ropas de caza, armas y cartuchos, salieron a la calle, a ‘cazar tórtolas’.
Conocían perfectamente la pedanía, era pequeño y se escondieron tras la esquina de una antigua casa, que ya empezaba a sentir el paso del tiempo. Cargaron las escopetas automáticas del calibre 12 con las postas y cuando se terminaron de posicionar las mujeres en un corro, frente a la casa de Encarnación y Antonia Cabanillas, las hijas de Antonio, vigiladas por su madre y algunas vecinas más, mientras jugaban en la plaza, a corta distancia de donde estaban. Sin mediar palabra, se hicieron un gesto y comenzó la noche más oscura.
Sin mediar palabra los hermanos Izquierdo dispararon a corta distancia a Encarnación y Antonia Cabanillas, muriendo en el acto. Siguieron su camino, sin mediar palabra, matando a otras siete personas que sencillamente pasaban por allí. Algunos salvaron la vida, casualmente, pero quedaron tetrapléjicos para el resto de su vida, incluso, el pequeño Guillermo Ojeda, que jugaba con el balón, recibió un disparo en la cabeza, que lo dejo en coma, del que no despertó.
- Antonio, es tarde, vámonos al monte a descansar –dijo Emilio a su hermano menor.
- Vamos, ya volveremos para el entierro y terminaremos de vengar a madre.
- Si, será un buen momento para terminar con la caza.
- ¿Esa sirena es la Guardia Civil? –le dijo Antonio a su hermano-
- Deben ser ellos, carga el arma y cuando lleguen disparémosle, vienen a ayudar a los asesinos –ordeno Emilio.
Los Guardia Civiles no tuvieron tiempo casi ni de detener el vehículo, cuando les dispararon sin mediar palabra, quedando mal heridos y el vehículo empotrado contra un árbol. Sin mirar atrás, se fueron hacia el monte, una tierra que conocían de ir a cazar y labrarla. Al ser tarde decidieron descansar, bajo un olivo, que les haría sombra en la mañana, antes de volver al pueblo y terminar la cacería.
No les fue posible a los hermanos Izquierdo terminar su crimen, tras nueve horas fugados, a eso de las ocho de la mañana, la Guardia Civil, con perros y pistolas en mano los habían cercado bajo el olivo bajo el que dormían plácidamente, como si nada. Hicieron caso a los agentes, no dispararon más y no opusieron resistencia al ser detenidos. Su baño de sangre había terminado, habían dejado nueve muertos y muchos heridos, en la peor masacre vivida en tierras españolas. Aquella villa, aquella pedanía donde todos se conocían, había sufrido la ira de dos hermanos, después de amores y desamores entre los Cabanillas e Izquierdo, que término en la muerte de un Cabanillas a manos de un Izquierdo, una manía persecutoria que no fue tal y una ‘caza de tórtolas’ que estremeció Extremadura y toda España.
El 26 de agosto de 1990 es recordado por todo el mundo, como el día más oscuro de España. Aquella localidad rural vivió uno de los últimos estertores de esa España rural, que se vio tan perjudicada por un periodo dictatorial ya pasado. Los dos hermanos, murieron en prisión y sus hermanas, que trataron de huir a Madrid, fueron detenidas cuatro días más tarde acusadas de ser instigadoras y encerradas en un centro psiquiátrico. Existe una sexta hermana, que se fue lejos y cerro esa etapa, no queriendo saber nada de lo sucedido y renegando de los hermanos. María del Carmen, la única hija de Antonio Cabanillas, tuvo dos hijas, por lo tanto, los apellidos Izquierdo y Cabanillas, terminaran desapareciendo, con el tiempo, aunque esta historia quedara para siempre.