La Guerra: ¿Condición inherente a nuestra naturaleza o simple casualidad de nuestra existencia?
“La guerra es padre y rey de todas las cosas, ha creado dioses y hombres; a algunos los hace esclavos, a otros libres” Heráclito.
¿Qué es la guerra? ¿Es posible evitar totalmente la lucha? ¿A qué hechos podemos atribuir su ocurrencia? ¿Cuales factores inciden en su realización? ¿Es reductible esta discusión a un ámbito simplemente valorativo? Todos estos cuestionamientos nos llevan a una pregunta que continuamente se presenta en círculos estatales importantes ¿Que podemos hacer para garantizar la paz?
En primer lugar, para ofrecer una definición adecuada de lo que es la guerra, es menester dirigirnos a lo que la política como noción nos puede aportar al respecto, entendiendo a esta en una de sus dimensiones como la lucha por el poder en infinidad de cadena de relaciones de poder marcadas por intereses contrapuestos, o como señala Carl Schmitt, parafraseando sus palabras, como "la distinción amigo-enemigo". Partiendo de esta definición sumamente básica de la política (Que solo abarca una de sus dimensiones, quizás la más importante) probablemente nos preguntemos la razón por la que es trascendente para definir a la guerra, y esto es porque la célebre frase del militar prusiano Von Clausewitz nos sugiere resumidamente el modo en el que se relacionan: "La política es la continuación de la guerra por otros medios", de modo que análogamente puede configurarse la definición del modo siguiente: "La guerra es la continuación de la política por otros medios".
La tensión, la discordia, el momento polémico con respecto a intereses opuestos o voluntaristas y la disgregación en relaciones de poder son los principales factores que caracterizan a esta dimensión de la política. Cabe destacar que desde ese punto de vista, la guerra entendida como lucha se puede presentar en cualquier contexto, sea entre Estados, facciones del Estado, grupos religiosos, estratos sociales, entre otros, teniendo como fundamento el antagonismo que se pudiera presentar entre determinados sujetos. Así las cosas, García Pelayo nos indica acertadamente que "la guerra no necesita ser normal, ni ser sentida como algo ideal ni deseable, pero sí como una posibilidad real en la medida que el concepto de enemigo tenga sentido... Este no es el fin, ni el contenido de la política, pero si es el supuesto sin el cual no tendría sentido".
Uno de los textos a través de los cuales se infieren los motivos por los cuales las guerras tienen lugar es en el célebre "Leviatán" de Hobbes. En la situación que hipotéticamente antecede la aparición del Estado, el denominado "estado de naturaleza", la vida del ser humano es hostil, decadente, dolorosa al extremo, hasta el punto en el que Hobbes lo define como "un perpetuo estado de guerra de todos contra todos". Hobbes ofrece una visión antropológica en la que se define al humano como cruel y egoísta, dispuesto a llevar la violencia hasta niveles exacerbados con el propósito de alcanzar sus intereses. En este artículo no se pretenden hacer valoraciones acerca de la bondad o maldad del hombre, pues la guerra es una condición que como muchos indican, se presenta en el reino animal, del cual no se puede excluir al ser humano. Lo que sí parece interesante en cuanto a la concepción de Hobbes es la aparición del derecho para controlar la fuerza exacerbada que caracteriza a la guerra.
Derecho y poder son conceptos indisolubles, y Hobbes claramente lo indica en sus escritos. Para el ser humano, al tener una naturaleza gregaria, no resulta beneficioso vivir en un continuo y permanente estado de guerra, amenazado por doquier con respecto a su vida y su propiedad, razón por la cual decide ceder parte de su libertad a un cuerpo superior que garantice aquello que se mantiene en perpetuo peligro durante la guerra. El derecho aparece así como el vehículo que regula la discordia y la tensión entre los hombres. Se acepta el contrato social porque se considera preferible un marco regulatorio de las relaciones sociales. No obstante, la lucha no desaparece, se transforma: Pasa de ser una lucha existencial que puede tener consecuencias altamente destructivas a una lucha agonal, en la que se preservan los intereses más vitales a pesar de ser subyugados por el enemigo. Esto es importante porque refleja que, tal como lo indicó Albert Einstein en una ocasión, "la guerra y la destrucción son instintos que a pesar de no mostrarse siempre, permanecen latentes en nuestra existencia".
Para concluir, tenemos que necesariamente llegar a la cuestión de la guerra y la paz. Si tomamos solamente la noción de política entendida como una lucha permanente en términos existenciales (de ganar o morir) no podríamos afirmar la posibilidad de la paz. Pero observamos que no necesariamente es así, pues es posible la paz dentro de los términos de la política entendida como la actividad llevada a cabo por los hombres que procura el orden, la justicia y el ejercicio del poder en un marco de negociación. A pesar de ello, hay que entender la relación de la guerra y la paz en un contexto de temporalidad, asumiendo la idea heraclitiana de la mutabilidad, por la cual se afirma que el momento bélico es el punto desde el cual se escribe continuamente la historia. En cuanto a ello, Hannah Arendt señala de manera brillante que "si la guerra es el común denominador del devenir es por la dificultad que se presenta en la consecución de un árbitro más adecuado para decidir los conflictos entre los hombres".
La lucha no puede ser totalmente suprimida, lo que sí se puede hacer al respecto es regularla. Es en este punto que debemos definir el concepto de paz, pues probablemente aquello que haga más difícil conocer la naturaleza de la guerra es tener una noción equivocada de la paz. Esta no implica (como muchos desacertadamente sugieren) tolerancia con el quebrantador o el apaciguamiento, lo cual significa posponer la guerra, y así mucho menos se ha de entender la paz como la exclusión de la lucha, sino más bien como su control a través de la acción del Estado. La discordia, la tensión del momento polémico entre facciones opuestas (Sea de Estados frente a Estados o dentro de una misma sociedad), son elementos que constituyen la realidad política, pues tal como señala García Pelayo "la existencia del adversario es condición para la mayor intensidad de la integración interna (del "nosotros")". En consecuencia, y así concluye el autor anteriormente mencionado, es latente la posibilidad de la guerra y "un mundo sin la posibilidad de esta sería un mundo sin la distinción de amigos y enemigos, y por consiguiente, un mundo sin política".