La lengua, en uno de sus tantos sentidos, se define como un sistema de comunicación y expresión verbal propio de un pueblo o nación, o común a varios. A través de ella se conceptualiza lo conocido y se da nombre a lo que está descubriéndose. Es, entonces, la base del pensamiento, el factor determinante de la cultura, herramienta fundamental para una nación.
Tanto la lengua como la cultura, se adquieren y son asimiladas de forma inconsciente –a menos en primera instancia-. Cuando somos pequeños, aprendemos el idioma que nuestros padres quieran transmitirnos. No somos capaces de decidir si lo tomamos o no; nos moldeamos a sus directrices sin siquiera darnos cuenta.
«El nazismo se introducía en la carne y en la sangre de las masas a través de palabras aisladas, de expresiones, de formas sintácticas que imponían repitiéndolas millones de veces y que eran adoptadas de forma mecánica e inconsciente» Así describió el filólogo Victor Klemperer esta asimilación inconsciente en sus diarios, los cuales posteriormente convirtió en “LTI: la lengua del tercer Reich”, libro que ilustra a la llamada “Alemania nazi” en términos de su lenguaje.

Victor Kemplerer, filólogo alemán
Si se permite, podría esto condensarse en términos políticos cómo: aquél que controla el lenguaje, lo controla todo; y, en aquél momento, Alemania era manejada por un regimen totalitario, el cual en su búsqueda de la dominación total, se vio en la necesidad de manipular la más preciada forma de expresión del hombre: el lenguaje.
En Alemania la lengua, a través –principalmente- de la propaganda, fue mutando hacia un modelo casi religioso, concentración total del poder, de adoración a la figura del totalitario: Adolf Hitler
La reincorporación de términos casi extintos, la utilización de nuevas acepciones para palabras conocidas y la repetición excesiva de términos específicos era, según Klemperer, algo sumamente común.
«”pueblo” se emplea tantas veces al hablar y escribir como la sal en la comida», escribió el 23 de abril de 1933, cuando la propaganda del momento se basaba en vender a Hitler como el salvador de la nación alemana.
También podría analizarse el uso de “fanático” como virtud o la asimilación de un término tan nefasto como “raza superior” para dirigirse a los “arios” y la implementación de “subhombre” para etiquetar a los judíos; esto, claro, por solo hacer un breve recuento de los tantos términos, ahora considerados distorsionados, que creaban al “hombre nuevo” alemán.
El manejo del lenguajes es, pues, una garantía de conservación del poder, puesto que modifica lo que quiere ser modificado y es aceptado sin mayores miramientos. Se trata de un actor silente, casi insospechado, cuya actuación es solo visible para ojos entrenados, catedráticos, filólogos.
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Sin ánimos de incurrir en alguna anacronía, es posible plantear una suerte de comparación entre el uso del lenguaje en el regimen totalitario del Tercer Reich alemán y la debacle venezolana tras 19 años de chavismo.
La manipulación del lenguaje se encuentra presente en todo cuanto nos rodea: desde el cambio continuo a nombres de entidades públicas, como el renacimiento de términos cuyo significado está casi –por no decir completamente- extinto (véase, por ejemplo, la definición en sentido estricto de oligarquía o, si se quiere otro ejemplo, fascismo).
La presentación de una eterna propaganda, vallas suntuosas con un eslogan pegadizo, la arenga hacia un patriotismo exacerbado, el uso de un lenguaje bélico, la exaltación del poder militar y la omisión del pensamiento humanístico, artístico, filosófico…Son solo pequeños factores que han ido acumulándose hacia un único sentido: nuestra lengua, como nación, mutó hacia la ruta que el poder decidió tomar.
El pensamiento del totalitarismo tiene raíces certeras: si cambias su lenguaje, cambias al hombre; y vaya que fuimos cambiados.