Saludos queridos lectores. Hoy quiero dedicar mis líneas a reflexionar sobre los beneficios del canto. Sí, cantar. Prácticamente a todos nos gusta cantar, profesionales o no del canto disfrutamos al entonar alguna melodía. ¿Por qué? De aquí parte hoy esta reflexión.
Desde nuestra más temprana infancia nos entregábamos al sueño arrullados por las “nanas” o “canciones de cuna” que entonaban nuestras madres. Ellas no están preocupadas si lo hacen bien o no, en cada nota están comunicando a su bebé una gran sensación de protección y afecto. Siempre recordaremos gratamente las melodías de nuestra infancia, especialmente aquellas conectadas con un sentimiento filial.
A diario trabajo con niños de 4 años en adelante. El primer día de clases llegan a veces asustados porque se encuentran en un lugar diferente, con gente nueva que no es su familia. Algunos lloran. La fórmula mágica, prácticamente infalible es una canción. Pareciera que las notas de una melodía van entrando por sus oídos y calmando sus inquietudes. De pronto comienzan a seguir el ritmo y, aunque sean muy pequeños, escuchan con atención las letras y las aprenden con una rapidez formidable.
En lo personal disfruto cantando con mis alumnos. Mientras más pequeños, el canto siempre está conectado al juego. Por eso las canciones infantiles invitan al movimiento y la expresión corporal.
Cuando crecemos sigue subyaciendo un extraño placer al entonar una canción. Algunos sólo lo hacen en la ducha. Otros al escuchar su música preferida. Esta sensación de satisfacción tiene su explicación. El cuerpo libera dopamina, un neurotransmisor o mensajero químico que comunica al cerebro una sensación placentera cuando realizamos ciertas actividades, como comer un chocolate, bailar o cantar. Esta información acerca del bienestar que experimentamos es una aprendizaje para nuestro cerebro que recurrirá a dicha actividad para volver a recibir la recompensa, es decir, la sensación de placer. Algunos también afirman que el cantar libera endorfinas , aquellas hormonas responsables de la alegría y el bienestar provocando analgesia o inhibición del dolor.
Como profesora de música utilizo el canto como la estrategia de aprendizaje musical por excelencia. Pero más allá de la utilidad académica, considero que todas las personas pueden y deben cantar. No estoy hablando de hacerlo de manera profesional. Para ello, por supuesto, la persona debe tener una preparación adecuada. Pero más allá de un escenario, el canto puede ayudarnos a:
- Expresar nuestras emociones
- Hacer catarsis
- Ganar confianza en nosotros mismos
- Socializar
- Ejercitar nuestros músculos faciales y respiratorios.
- Mejorar nuestra dicción y expresión
Yo los animo a cantar, aunque desafinemos (sin torturar demasiado a nuestros vecinos), aunque nos digan que lo hacemos mal. Démonos la oportunidad de que el canto nos libere de nuestros propios complejos y temores. ¿Qué podemos perder? Y si queremos dar un paso más, busquemos entonces la formación adecuada para hacerlo de manera profesional.
Gracias por dedicar tiempo a leer esta reflexión. Hasta un próximo post y… por aquí seguimos.