Este post está bastante relacionado con el anterior que trataba sobre el niño interior.
A veces nos ocurre que aunque las cosas nos vayan, en general, bien notamos de fondo una cierta insatisfacción. De entrada no sabemos con exactitud, o no queremos saber a qué se bebe.
Si nos sinceramos con nosotros mismos quizás imaginemos que una pareja “idónea” podría calmar esta sensación o quizás el cariño de unos hijos, o un trabajo más reconocido, etc. Pero, si continuamos sincerándonos y recordando las experiencias que ya hemos vivido, veremos que aún aquello más deseado, después del primer momento de obtenerlo ya deja de llenarnos tanto como habíamos imaginado.
La cultura de las sociedades occidentales tampoco ayuda mucho a que se calme esta sensación de carencia o de insatisfacción.
Estamos rodeados de impactos publicitarios directos e indirectos que nos predisponen a creer que tenemos necesidad de muchos bienes y productos de consumo, materiales o inmateriales y que si los alcanzamos, si los poseemos seremos más felices, nos sentiremos “más llenos”.
Priorizamos el tener versus el ser . Buscamos ser validados desde fuera, a través de lo que conseguimos, objetos, propiedades, cargos, logros, etc.
A veces, con un poco de suerte, llega el momento interesante en que sospechamos que este vacío o insatisfacción que sentimos no depende de nada exterior a nosotros y que por lo tanto solo depende de nosotros mismos que pueda ser colmado. En realidad estamos persiguiendo el amor y el reconocimiento que creemos que no nos llegó o que no fue suficiente cuando éramos niños.
Hay una cosa que nos pone el camino difícil para discernir como llegar a lo esencial y esto es la idea que tenemos de nosotros mismos. Tenemos la fantasía, más o menos consciente, de que debemos encajar con un ideal que hemos ido fabricando con los años, con la educación recibida y con las expectativas de aquellos a quien queremos o que nos cuidaron en su momento.
El ideal de ser unas personas casi perfectas, correctas y con actuaciones y sentimientos adecuados a cada situación que se nos presenta, por difícil que sea. Esta imagen idealizada es lo que llamamos AUTOCONCEPTO, pero no es real, no es la totalidad de lo que somos. Somos más cosas.
El autoconcepto esconde o niega una parte muy importante de nosotros mismos y que no podemos anular ni despreciar. Anula aquello que es malvisto o que se supone inadecuado.
Si elimináramos esta parte aniquilaríamos también la parte más instintiva y genuina del ser humano. Anularíamos los impulsos propios de la fuerza vital que nos mantiene vivos y con energía. Para mantener el autoconcepto a menudo rechazamos nuestra parte más espontánea y procuramos actuar y cumplir con lo que se espera de nosotros.
El niño, en cambio, actúa y se muestra tal cual es, sin estar pendiente de los juicios de los demás. Está conectado con la naturaleza, con sus ritmos internos y sus necesidades básicas. También con sus emociones más básicas: el miedo, el enfado, la tristeza, la alegría … y las expresa sin enmascararlas.
Más adelante cuando el autoconcepto ya entra en juego procura no mostrarse tan transparente, no quiere que nadie vea que posee ciertas emociones que lo hacen vulnerable. Intenta cumplir con esa imagen ideal que no da espacio a ninguna parte considerada “negativa”. Esta parte que coincide aquella más instintiva, y genuina . Es ahí que empieza a actuar como una fuerza en contra de sí mismo, en contra de la propia naturaleza.
Teniendo en cuenta todo esto, vemos como el primer paso antes de quererse es aceptarse con todo el crisol de emociones y deseos.
Reconocer que no solo somos seres racionales y sociales sino que también poseemos unas necesidades emocionales y instintivas. La parte instintiva es la que nos conecta con lo que realmente nos nutre. No podemos obviarlo o irá en nuestra contra en el plano físico, emocional o psicológico.
Una forma de aceptarnos y de dar espacio a estas partes que no “gustan” al autoconcepto es conectar con el niño interior. Así podemos calmar esta parte nuestra que resulta insaciable.
Aquel niño que fue criado en una determinada familia y educado conjuntamente con la escuela, con unas particulares creencias y normas, ahora vamos a cuidarlo y tranquilizarle, dándole lo que nos pida, a nivel emocional, claro está.
Y ¿cómo podemos hacerlo?
A continuación voy a indicarte unas actividades que te lo pueden facilitar:
Busca un lugar tranquilo donde nadie te moleste y puedas relajarte. Siéntate cómodamente. Observa tu respiración unos minutos y así entrarás en “modo introspección”.
Cierra los ojos y mentalmente sitúate a la edad de 5 o 6 años. Deja que vengan a ti recuerdos de alguna situación concreta en que te sentiste mal, porque te riñeron, te ignoraron, pasaste miedo o lo que sea.
Fíjate en todos los detalles que puedas: lugar, personas, iluminación, colores, olores, etc.
Revive ahora qué emociones te embargaron y quizás tuviste que reprimir . ¿Quizás te castigaron o incluso pegaron por alguno de tus comportamientos?
Deja que vayan emergiendo las frustraciones de tu niñez, reconoce como lo viviste en aquellos momentos.
Toma nota mentalmente de varios momentos en que te sentiste injustamente tratado o que te sentiste solo, incomprendido o triste.
Estos recuerdos aunque dolorosos te servirán para conectar con tu niño herido, con las heridas que después han influido en la manera de relacionarte con los demás y de tratarte a ti mismo.
Date tiempo para vivenciar estos recuerdos y ves registrándolos. Cuando te parezca suficiente te despides delicadamente de tu niño y vas volviendo al momento presente.
Mueves lentamente manos, pies, cabeza, etc, hasta mover todo el cuerpo y hacer un estiramiento completo para desperezarte. Abres los ojos cuando lo consideres oportuno.
A continuación escribes en un papel una carta a este niño herido que has visto hace unos instantes. Con la emoción que has revivido cuéntale como entiendes sus sentimientos. Escribe lo que le dirías como adulto con lo que ahora sabes, con lo que has aprendido de tus experiencias. Consuélalo en su dolor, su miedo o su tristeza.
Dile cómo te sientes tú al ver su dolor.
Cuando hayas escrito esta carta léela en voz alta imaginado que tu niño la escucha.
¿Cómo te sientes ahora? …
Si te apetece puedes dar un paso más. Hacer una informatización.
Esto es:
- Coloca dos sillas o dos cojines en el suelo. Identifica uno de ellos como tu niño interior y el otro tu yo adulto. Si quieres puedes poner también una foto tuya de cuando eras pequeño en la silla o cojín correspondiente.
Es importante la lentitud para traspasar la coraza que te puede privar vivir esta experiencia.
Empieza sentándote en el lugar que representa al niño, cierra los ojos y visualízate a ti mismo con pocos años, con todo el detalle que puedas. Conecta con sus emociones. Deja que éstas te llenen. Date tiempo para sentirlas.
Desde los sentimiento de este niño háblale al adulto que te los provocó y exprésale como te sientes.
Para, si te embarga la emoción y permítete revivirla y expresarla. Nadie te ve ni te escucha (se supone).
Cuando le hayas dicho todo lo que tenías pendiente, relájate unos momentos y después siéntate en el lugar de tu yo adulto. Mira interiormente ahora a tu niño y dile cómo te sientes escuchándole y qué harías para que se sintiera consolado y tranquilo.
Imagínate finalmente que te llevas a este niño tuyo a tu corazón y que lo llevas allí para cuidarlo siempre que lo necesite / necesites.
Tenlo presente a partir de ahora.