Una y mil veces
Te toqué una y mil veces
y tu lo sabias, tu lo consentías.
Sin sentir mis manos, mis dedos,
mi cuerpo, me sentiste siempre.
Me supiste recorriendo cada poro de piel,
acariciando cada pliegue de tu cuerpo,
explorando cada valle y cada cumbre
de su orografía, de su geografía infinita.
Te toqué una y mil veces,
y tu lo alentaste también
al tocarme de vez en cuando
sin poder evitarlo.
A veces como un reflejo,
otras como una invitación al contacto,
al juego, a la exploración furtiva.
Una y mil veces jugamos el juego
antes de tirar los dados,
de mostrar nuestras cartas,
porque antes de que nuestra piel se encontrara,
antes de que alguna humedad se mostrara,
los agujeros negros de la mirada
nos enseñaron que la cercanía
no siempre es necesaria,
y mirar es otra forma de tocar.
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