Durante vacaciones, navidad o cualquier fecha que traiga consigo días libres, para muchos es costumbre viajar y celebrar en un ambiente diferente, otros tenemos que quedar envueltos en el movimiento de la temporada si queremos reunirnos con nuestros familiares.
Como mi familia casualmente vive en la isla turística más concurrida de Venezuela, he sido testigo año tras año de lo fácil que se arruinan los viajes de grupos numerosos por cosas insignificantes como una gota de agua del mar y otras tan importantes como tener el pasaje para trasladarte en el medio de transporte disponible para llegar hasta allá.
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El mismo patrón se repite en cada familia que viaja en grandes grupos sea a donde sea y como yo he viajado sola tantas veces durante tantos años, he tenido tiempo de sentarme a detallar las cosas que ponen a todos de mal humor, principalmente porque no quisiera en un futuro, caer en el mismo círculo vicioso.
Pero lo que más me llamó la atención después de tanto observar, es que no hay mucha diferencia entre arruinar un viaje y arruinar una relación, siempre todo se centra en las falsas expectativas, esperar demasiado de todos. Si se cree que todo será perfecto y que cualquier diferencia casual es imperdonable en la ocasión cuando son solo cosas que pasan y se superan.
Es común pensar que estar en un ambiente diferente haría todo diferente y ciertamente, actividades nuevas o completamente distantes de la rutina diaria alegran a cualquiera y relaja hasta al más estresado, pero al final del día seguimos siendo los mismos y seguimos cargando las mismas diferencias a donde vayamos. Por eso debemos estar con nuestras mentes abiertas a cualquier eventualidad y no satanizar cualquier problema que se presente.
Son la búsqueda de la perfección y las elevadas expectativas la némesis de la salud mental de todos en cualquier situación. Si ambas tienen ese gran potencial de hacernos mejores en todo lo que nos propongamos, si no sabemos controlar su poder y somos débiles ante los obstáculos y el fracaso le otorgamos la capacidad de destruir las ilusiones y dirigir nuestras manos a la gran tirada de toalla para perder la oportunidad de disfrutar con plenitud los momentos.
Así, hay que aprender a llevar unas vacaciones y una relación con igual tranquilidad para no terminar ahogados en el mar de la decepción.