Fuente
Parecía otra cadena directamente llegada de algún laboratorio del G2 cubano, pero la compartía uno de mis mejores amigos en un íntimo grupo de WhatsApp. Y no era cadena, sino un dato importantísimo: su tío, un general retirado de la aviación, acababa de llamar a su papá para pedirle que ni él ni su familia salieran de casa, pues unos compañeros suyos en Caracas “tomarán acciones”.
Era la noche del pasado domingo 3 de febrero y en el ambiente se respiraba que la pesadilla chavista podía terminar en cualquier momento: El presidente de Colombia decía que sólo era cuestión de horas; un periodista venezolano, con larga trayectoria, publicó un mensaje en Twitter en el que, en forma de clave, parecía atreverse incluso a ser más preciso: de 24 a 72 horas; en las redes sociales de Carla Angola había un vídeo de Fernando del Rincón afirmando que basado en la seguridad con que hablaban algunos mandatarios y funcionarios internacionales como el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, algo estaba a punto de pasar; mientras tanto, en el TimeLine de mi Twitter una chama prometía publicar foto-tetas si el chavismo caí en la fecha en que nació: 4 de febrero.
La locura y la ansiedad eran palpable.
“No quiero compartirlo para no quedar como las cadenas que envían las viejas y que nunca se cumplen. Pero hablo claro: estoy hasta cagao”, escribía mi pana. “Tío en 20 años nunca envió un rumor o nos vendió humo. Siempre fue muy serio con eso”.
Y yo le creía. En todo caso, quien mentía era su tío, no él.
Antes de acabar la noche mi hermano nos llama para pedirnos que no vayamos a trabajar al día siguiente; que están diciendo muchas cosas y que, con la miseria que ganamos, no vale la pena que nos arriesguemos. Mi madre entre dormida apenas entiende lo que le dice, y le responde con un: “ok, hijo”.
A la mañana siguiente, ella, maestra, se da cuenta que tiene decenas de mensajes en su teléfono de representantes que informan que no enviarán a sus hijos al colegio, por lo que ella decide tampoco ir. Además, se une al llamado de mi hermano y me pide que no vaya. Yo la chantajeo con un simple: “y si se prende el peo… ¿Cómo se entera la gente?”.
En la oficina recibo y reportó buenas noticias: más de 15 países europeos han reconocido a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela. Pero nada de alzamientos, sino todo lo contrario: Maduro se exhibe con militares y pronuncia un discurso lleno de amenazas, aunque acompañado de una evidente desesperación.
Según él, el maldito 4 de febrero de 1992 nació la “dignidad” del pueblo venezolano.
En mi grupo de WhatsApp mi pana responde a los ataques contra su tío por vendernos humo: “No sé marico. A papi le dio hasta el nombre del general que encabezaría las acciones y hoy compró comida por bulto para varias semanas, como si estuviese claro de que algo va a pasar”.
Entonces pienso que tal vez fue víctima de alguna estrategia del G2 cubano. Luego, con más frialdad, le doy el beneficio de la duda y recuerdo la sublevación de Cotiza, los supuestos contactos con oficiales de alto rango de los que alardean Julio Borges y Marco Rubio, y en los cientos de militares presos por estar en contra del dictador. Y reflexiono, tratando de convencerme de que sí, de que en cualquier momento puede ocurrir lo que muchos añoramos: que la Fuerza Armada Nacional por fin se ponga del lado de la Constitución y de los ciudadanos, para dejar de defender a obesos y corruptos políticos que tanto daño nos han hecho a todos, incluyéndolos a ellos.
Tal vez ese día llegue pronto, pero no aún. Al menos no este lunes 4 de febrero de 2019.