Aunque muchos lo subestimaban –¡sí, todavía hay gente que lo subestima!– y lo ninguneaban -¡sí, todavía hay gente que lo ningunea!- por su flojo arranque de temporada, avisé que Cristiano Ronaldo no iba a salir de la lucha por el balón de oro tan fácil, aunque no ganara la liga española o la Copa del Rey, pues obteniendo su trofeo favorito, la Champions League, se podía garantizar el sexto premio en su cuenta personal. Hoy está más cerca que nunca de repetir como mejor jugador del año por tercer año consecutivo.
En aquel post también hablé de Lionel Messi que, a pesar de estar ya fuera de la lucha por la liga de campeones, aún cuenta con un factor –además de la liga, la copa y una posible bota de oro– que lo puede catapultar a un peldaño más arriba del que ya está, no sólo en el año sino en la historia: ganar el mundial de Rusia.
Por su parte, a Neymar le tenía mucha fe porque las matemáticas daban: ganaba su primera Champions sin ser la sombra de Messi, más la Copa del Mundo con la canarinha, una de las principales candidatas, y listo: destruía la supremacía Cristianomessiánica que ha dominado el fútbol mundial en los últimos diez años. Una lesión y otra pobre actuación del PSG en Europa lo alejó de esa hazaña.
En el camino surgió otro candidato que este humilde servidor se atrevió a descartar, pese a los buenos partidos que empezó a sumar desde el principio: Mohamed Salah. Y no lo descarte porque dude de su capacidad futbolística, sino porque en este deporte, al igual que en el boxeo, a los campeones hay que noquearlos, porque si los dejas vivos te acaban.
Neymar lo podía hacer: una Champions y un mundial bastaba. Pero para un futbolista proveniente del lejano Egipto, cuyas posibilidades de ser campeón del mundo son muy bajas o nulas, y que milita en un equipo con una plantilla muy por debajo de las que poseen el Real Madrid, el Barcelona o el PSG, la cosa no es tan sencilla.
Sin embargo, los sueños existen y están para pelearlos.
Ser el mejor del mundo es algo con lo que el faraón, como se le conoce a este zurdo que en su momento José Mourinho se atrevió a banquear, seguro habrá anhelado desde niño. Su lucha quizás hubiese sido más fácil en otra época donde no estuviesen Cristiano y Messi, pero parece que a él eso no le importa y hasta ahora está logrando lo que parecía imposible: ser considerado una verdadera amenaza para el portugués y el argentino.
Y lo ha hecho con goles. Pero no goles comunes y corrientes. El egipcio marca en partidos importantes. Cuando su equipo lo necesita. Y por eso lo aman en Liverpool. Porque tiene el suficiente coraje para no esconderse cuando los partidos reclaman su presencia. De allí que los hinchas lo consideren una especie de Messi africano. E incluso hasta mejor, según los más radicales. Y por eso tiene al club donde juega, contra todo pronóstico, entre los cuatros mejores del viejo continente.
El partido de ida de las seminfinales de este martes ante la Roma lo acercaron más a su ambicioso objetivo. Con par de golazos y una asistencia volvió a confirmar lo que viene demostrando semana a semana y que lo llevó a ser elegido el mejor jugador del año en la liga inglesa: es prácticamente imposible detenerlo.
No obstante, dos goles sobre el final de los romanos, cuando él ya había sido sustituido y que dejó el encuentro 5-2, hacen tambalear un poco lo que parecía un pase asegurado a la próxima final de la Champions League. Tendrá que volver a hacer acto de presencia en el Olímpico de Roma el próximo miércoles para que a los italianos no se les ocurra hacer lo mismo que hicieron ante el Barcelona, y él pueda asegurarse una final que, sin duda, está obligado a ganar. Porque sin Champions se desinfla cualquier posibilidad de conseguir lo impensable, que también se podría desinflar si Cristiano o Messi se coronan con sus países en suelo ruso. Pero mejor llegar con vida a la Copa del Mundo que sin ella, ¿no?