El instinto maternal surge desde la gestación, tiene origen biológico y se determina instintivo porque nace de una manera natural, durante el parto se producen sustancias que desarrollan el apego entre la madre y su bebé creándose un vínculo que se fortalece con la lactancia materna, a la que el recién nacido acude de forma instintiva por ser el único alimento necesario para sobrevivir durante los primeros meses de vida.
Ni la madre ni él bebé saben que deben hacer, sus primeras interacciones son resultado del instinto natural aprendido por todas las generaciones que le antecedieron y que se encuentra encriptado en el ADN como garantía de sobrevivencia de la especie.
Luego de estas primeras interacciones se forma un vínculo emocional muy fuerte donde la madre es capaz de hacer todo lo posible para proteger a su hijo y mantenerlo a salvo. Por su parte el recién nacido desarrolla una dependencia exclusiva hacia su madre, solo ella puede atender sus necesidades básicas de alimento, calor y bienestar, el instinto le dice al bebé que solo junto a su madre estará seguro y es por eso que llora al no sentirla cerca.
¿Solo las mujeres que han sido madres pueden experimentar el instinto maternal?
No necesariamente, es una conducta aprendida desde nuestros ancestros y la llevamos en los genes, dependiendo de nuestras experiencias y circunstancias se puede activar. El instinto de protección florece cuando comenzamos a ser capaces de cuidar de los demás como nosotros fuimos cuidados.
¿Los animales hembras tienen instinto maternal?
El instinto maternal también está presente en el reino animal los mamíferos, reptiles, moluscos e insectos, son ejemplo de lo que son capaces de hacer las madres para proteger a sus crías. Las hembras de elefante tienen el embrazo más largo del reino animal con una duración de veintidós meses y amamantan a su cría durante tres años en los cuales nunca se apartan de él.
Anécdota personal
El pasado mes de diciembre me encontraba disfrutando un paseo guiado por el estado andino Mérida, en mi país Venezuela. Durante nuestro paso por los pueblos del páramo el conductor del autobús y su esposa decidieron comprar un cachorro de Mucuchí, una raza autóctona de ese poblado, lo colocaron dentro de una caja mientras viajamos en el autobús.
La próxima parada fue la Laguna Mucubají y aprovechando el momento sacaron al perrito para que bebiera agua del río, en ese instante apareció una perra lugareña, al ver al cachorro se contentó, lo olfateo, lamió y se echó en el piso para amamantarlo. Yo enternecida tome esta fotografía para recordar ese momento, me sorprendió el hecho de que sin ser su madre esta perra quisiera satisfacer la necesidad alimenticia de este perrito.
La parte triste de la historia llegó cuando subimos al autobús para emprender el viaje de regreso, al separarlos el cachorro lloró desconsolado y la perra corría detrás del autobús, fue una escena muy triste y deseé que el perrito nunca hubiera salido de su pueblo natal.