Mareada por el golpe me levanto y camino dejando tras mis pasos gotas de sangre que caían desde mi nariz, necesitaba un espejo con urgencia para revisar mi rostro, al examinarlo me doy cuenta que tengo un hematoma en el área del tabique, este estaba desviado y la nariz se notaba caída, una fractura nasal evidente.
Los múltiples traumatismos en mi cuerpo dolían pero nada me preocupaba más que mi rostro, la preocupación era tal que no me di cuenta que tenía una lesión cervical ocasionada por un síndrome de latigazo que no fue detectada por los médicos en la primera evaluación. Los rayos X confirmaron fractura en la pirámide nasal y la operación sería programada para el siguiente día.
Esa noche de hospitalización no pude dormir por dos razones: la primera era la incertidumbre de cómo quedaría mi rostro y la segunda era mi fobia a la anestesia. Nunca me habían operado antes, la única vez que me aplicaron anestesia fue cuando me extrajeron las cordales (muelas del juicio), ese día las piernas me temblaron tanto que toda la unidad odontológica se movía, estaba aterrada por la anestesia.
Quería conocer al anestesiólogo, exponerle mis dudas y preguntarle acerca del procedimiento, por ello a todos los médicos que se me acercaban les preguntaba si eran el anestesiólogo pero todos reponían negativamente y continuaban con la revisión. Me encontraba en el quirófano esperando instrucciones, en ese momento llega un caballero que sin mediar palabra me inyectó un medicamento en la vía intravenosa, quejé por el dolor y pregunté qué me había colocado, a lo que respondió que era parte de los medicamentos para “dormirme”, es lo último que recuerdo.
Ese día mí peor pesadilla se hizo realidad, desperté en medio de la operación como el protagonista de la película Bajo Anestesia. Mi conciencia estaba totalmente despierta podía escuchar la música que oían los médicos, las conversaciones que tenían entre ellos, hablaban de sus cosas y sobre mí, lo que me había ocurrido, sentían lastima por mí y me llamaron “pobrecita”, expresión común que hacemos cuando sentimos pesar por alguien.
Recuerdo todos los detalles porque estaba perfectamente consiente pero no podía mover mi cuerpo, era como experimentar parálisis del sueño, una sensación desesperante donde queremos abrir los ojos y mover el cuerpo pero este no responde. La idea de estar siendo intervenida quirúrgicamente sin anestesia me aterraba aún más, quería decírselo a los médicos pero no podía.
Con grandes esfuerzos logré mover los dedos y decir entre dientes que estaba despierta, a lo que los médicos respondieron: tranquila ya casi estas lista, falta poco para terminar. Esas palabras fueron un aliciente para mí, desde momento estuve más tranquila.
Creí que mi ansiedad y temor a la anestesia me hicieron despertar antes haciendo realidad mi más grande miedo, hoy investigando al respecto descubrí que este es un fenómeno llamado conciencia bajo anestesia o despertar intraoperatorio, es poco común pero se ha presentado incluso en pacientes operados a corazón abierto (como en la película). Es muy grave, la experiencia es terrible y puede tener consecuencias psiquiátricas tales como estrés postraumático, afortunadamente yo no tuve ese tipo de consecuencias para mí solo es un mal recuerdo, pero sigo teniendo fobia a estar bajo anestesia.