Pasa el aire, no se queda.
Se diría que no puede.
Algo lo llama.
Desde algún lugar las sombras lo reclaman y
al sentirlo
el aire se estremece.
Es esa vibración,
tenue,
a la que llamamos brisa, la autora del prodigio.
La misma que tu dices sentir cuando apoyo
las yemas de mis dedos
sobre tu piel
y las deslizo
como queriendo, dibujar con ellas
lo que nunca sabría construir con las palabras.
Pero mis dedos llegan al borde de tu piel
y regresan.
El aire no lo hace nunca.
Son vientos nuevos
los que traen esos aires que se ciernen sobre nuestras almas;
por un tiempo, permanecen sobre ellas
del mismo modo que mis dedoslo hacen sobre tu piel
sin que ningna sombra los reclame.
(Fotografía tomada en algún museo en Caracas, en 2017).