Como se los mencioné en el post donde me presenté, de vez en cuando contaré experiencias personales. Espero que también puedan aprender de ellas. Como primera experiencia contaré algo que me pasó hace un par de meses.
El primer punto que quiero dejar en claro es que vivo en Venezuela. ¿Esto qué significa? Bueno, verán, como muchos han de saber, Venezuela pasa por una gran crisis. Debido a esto el número de crímenes ha incrementado muchísimo, llegando a cifras alarmantes.
A pesar de esto muchos intentamos vivir nuestra vida lo más normal que se pueda. Sin embargo, hay días en que la realidad te da de lleno. Esto fue lo que me pasó una tarde en la que fui a casa de mi pareja, intentando mantener la relación pese a las situaciones económicas que nos rodean.
Ambos salimos de su casa, ya que él suele acompañarme a la parada del autobús en un intento por protegerme de la larga caminata que tendría que realizar sola hasta ella. Justo antes de salir del frente de la casa, pasaron dos muchachos, mirando disimuladamente hacia todas las casas, uno de ellos de unos catorce años, tal vez, mientras que el otro no parecía mayor de nueve.
Los miré un tanto alarmada, ya que ambos me quedaron mirando por un largo rato, lo que por supuesto no me dio confianza. No me malinterpreten, no era mi intención pensar mal de ellos o juzgarlos a la primera, solo que en mi país que te observen de esa manera suele ser una mala señal, por lo general.
Me detuve, no quise terminar de salir. Preocupada, se lo dije a mi pareja, que nos habían mirado de manera extraña y que sería mejor esperar a que se alejaran. Él bromeo conmigo como de costumbre y me dijo que era porque estaba muy linda, además de decirme que creía que vivían por allí. Sin embargo, decidió aceptar mi decisión.
Los observamos alejarse, caminando muy despacio hasta perderse en la esquina. Luego de considerar que había pasado el tiempo prudencial y pensando que quizás solo estaba un tanto paranoica, ya que después de todo iba un niño con el muchacho, y considerando que se hacía tarde y podría hacerse de noche, lo cual sería inclusive peor, decidimos terminar de salir.
Una vez caminando, mi pareja tomó mi mano con delicadeza y empezamos a conversar de manera casual hasta llegar a nuestro destino. Pero justo antes de llegar a la esquina donde habíamos perdido a los dos chicos de vista, me di cuenta que estaban allí parados, llamando a una casa en la cual había un negocio de transcripciones, voltearon y nos observaron. En verdad quise pensar que estaban mandando a hacer algún trabajo, pero no podía ignorar el hecho de que nadie los estaba atendiendo. De nuevo empezaron a caminar lento hacia nosotros, solo que al otro extremo de la calle.
Pensé: ‘seguirán su camino, se están devolviendo, solo es eso, no debes estar paranoica, solo son niños’. Aun así no pude evitar sentirme acosada, imagino que así se sienten las gacelas antes de ser atacadas por los leones.
Hasta que lo entendí. Cuando cruzaron la calle directo a nosotros, se lo dije a mi pareja: “Nos van a robar”; él me miró extrañado, sabía lo que pensaba: ‘pero si viene un niño’, pero yo ya estaba segura. Observé fijamente al mayor esperando que sacara el arma, y a dos metros de nosotros pasó, fue tan rápido que casi no pude creerlo. Rápidamente el niño no mayor de ocho o nueve años, sacó un arma de su diminuta cintura y se la dio al mayor. Sentí en ese momento cómo se me partía el corazón.
Se nos acercaron más, el niño fue el que más habló, el otro apuntaba a mi pareja, con un arma que francamente no cabía en sus manos. El niño me dijo: “Dame el teléfono”; lo busque en mi bolso, él pudo ver varios billetes, no les interesó, y lo entiendo, nuestra moneda está devaluada. Se lo di, el teléfono más sencillo que tenía, muy lejos de ser un ‘smartphone’. Levantó un poco mi suéter en busca de algo escondido en mi cintura. No encontró nada. El otro se encargaba de revisar a mi pareja. El mismo niño, nos dijo: “Dense la vuelta y caminen sin mirar atrás”, lo cual hicimos, y sin más se fueron caminando rápido.
Regresamos a casa de mi pareja para contar lo sucedido a sus padres. Pero yo lo único que pude pensar es que no solo había perdido un teléfono, si no el hecho de haber visto en los ojos de aquel niño, una inocencia robada.
Y esta es mi historia. Espero que mi experiencia les sirva de ejemplo y, como seres humanos, nos enseñe a tener más empatía. Y haber demostrado, de alguna forma, la situación tan crítica que vive actualmente mi hermoso país.