Sabes, estaba muy claro que todo iba a fracasar. Ambos lo sabíamos, era evidente que no iba a funcionar. Sin embargo, algo muy en el fondo nos empujaba a ignorar lo evidente y a seguir consumando aquel amor fallido. Yo estaba seguro de que ese “algo” era el engaño que nos producía la ilusión del reencuentro, pero, no me importó: estaba embriagado por el placer de aquellos sentimientos.
No podía detenerme.
Por eso la besé. Por eso la escondí entre mis brazos. Recorrí cada rincón de aquel cuerpo que no podía mentir y se entregaba con una sinceridad genuina. Mis labios le robaban el aliento y mis caricias dibujaban un camino invisible para sus gemidos.
No quería detenerme.
Ella estaba allí, vulnerable, ante mi creciente ambición por disfrutar de un pasado que ya no me importaba. Aquella ambición no entendía de consecuencias ni dolores; ajena a todo razonamiento, prefería darle la espalda a la realidad. Sin embargo, en mi mente se avivaba la contradicción. Una parte de mí disfrutaba cada movimiento, cada gemido y suspiro; pero, en paralelo, me sentía terrible. Yo sabía que nos estábamos engañando. Estaba dispuesto a amarla por una noche y despertar sin sentir nada, pero, ¿Qué pensaba ella? ¿Podría hacer lo mismo? No. Estaba seguro de que no podría. Su cuerpo la delataba.
Me detuve.
Asqueado por mis contradicciones y haciendo un gran esfuerzo, me detuve. Nuestros labios estaban a una distancia mínima y mi aliento bañó su rostro cuando le pregunté:
— ¿Podrás olvidar todo al despertar?
Hubo una pausa, un silencio tangible, duró solo un par de segundos.
— ¿Serás capaz de hacerlo tú? —respondió.
— Podré —dije sin dudar.
Y, ahora sí, el silencio duró casi para siempre.
Nuestros cuerpos seguían unidos bajo las sábanas, como las raíces de un árbol, mientras que el silencio destruía todo al darnos tiempo de pensar. Un cielo oscuro, sin estrellas y con la luna oculta por las nubes, se asomaba por la ventana de esa habitación oscura en donde jugábamos con las fibras de un amor olvidado. No podía ver sus ojos, pero sabía que me estaba mirando. No escuchaba su voz, pero sabía que en su interior ella gritaba: se sentía incómoda, traicionada, pero ya todo estaba hecho. No había alternativas.
Sin palabras ambos sabíamos lo que sucedía. Nuestro abrazo sabía a engaño, nuestros labios a mentira y, poco a poco, como si la embriaguez desapareciera súbitamente en mitad del delirio, nuestros cuerpos se tornaron rígidos y se rechazaban en silencio. Entre nosotros surgió un abismo profundo e invisible que prometía sumirnos en el vacío de la locura si intentábamos cruzarlo.
Lo sabíamos.
— Sabes que no podemos estar juntos —le dije, en un intento por volver a la realidad—. Es un absurdo. Lo sabes, ¿verdad?
Se quedó allí, sentada sobre la cama, con el mentón apoyado en las rodillas, los brazos aferrados a sus piernas y mirando quién sabe hacia dónde.
— Mi corazón se siente más grande; como si estuviese hinchado — su voz era un casi un susurro, como si tratase de mimar con especial cuidado cada una de sus palabras—. ¿Por qué no podemos volver a esto? —hubo una pausa muy breve; luego, como si se respondiese así misma, dijo—. Quiero volver a sentirme así.
Sentía sus ojos clavados en mí. Sabía que sonreía, pero me esforcé por no pensar en ello: yo había cometido un error.
Estaba a un paso de lastimarla. Ella había cambiado un poco pero todavía me quería; sin embargo yo… yo no era el mismo. Simplemente no sentía lo mismo. No la amaba. No sentía nada al besarla, al tocarla, al escuchar su voz. Nada. Solo vi un cuerpo que deseaba poseer o quizás…
… quizás no era el cuerpo. Quizás lo que en realidad buscaba desesperadamente era el recuerdo. Sí. Quería volver a ese recuerdo del pasado, a nuestro mundo que ya no existía, al hombre que fui y ya no era. Algo en mí necesitaba disfrutar esa última vez y luego desaparecer. Ahora era una persona diferente, no la amaba, pero, siguiendo el deseo me había perdido en aquel juego.
Ella amaba este juego.
Para ella representaba el último dado; una apuesta ciega para obtener lo que nunca había podido olvidar, aquello que inconscientemente mis besos y caricias despertaron de su profundo olvido.
Ella me amaba.
Después de tanto tiempo; luego de mis errores pasados, de mi falta de memoria para reconstruir los hechos y asociar las señales: ella me amaba. Y entonces tuve miedo. Tanto como hace mucho tiempo no sentía. Temía despertar ese sentimiento en cualquiera pero más en ella que queriéndola no la amaba y por no amarla nos salvaba a ambos. Pero ella solo quería salvar esa ambición que sentía, el deseo de recuperar lo perdido.
Ella me amaba.
¿Por qué demonios aún me amaba? No lo comprendía. Por qué me amaba si yo apenas recordaba a medias los cinco años que estuvimos juntos; si había tratado con tal desprecio nuestro pasado, si nunca la busqué por mi afán de destruir su imagen de mi memoria… ¿Por qué?, ¿Por qué?, ¿Por qué?
[…]
La luna emergió a través de las nubes, disparando flechas de plata dirigidas a su cuerpo desnudo. Solo pude suspirar al verla allí, mirándome, hecha un ovillo, como un león herido; inmersa en el silencio del adiós, con lágrimas finas resbalando por sus mejillas, hurgando en sus recuerdos.
Todo había terminado.
Me dio una sonrisa y luego giró la cara hacia la luna, hacia la ventana... hacia el recuerdo del mundo que dejábamos atrás, nuevamente, en ese momento.
Ambos perdimos esa noche, en ese juego absurdo y arriesgado. El silencio fue nuestra despedida, una despedida que llegó un año y medio tarde, pero, finalmente, llegó. Me levanté, abrí la puerta y, antes de irme para siempre, la estudié por última vez.
Y la vi con los ojos de la primera vez: su cabello bailando con la brisa, su cuerpo arqueado y vestido con sábanas de seda; su piel que recordaba al trigo. ¿La amaba? ¿Amaba yo aquella voz suave; aquellos ojos salvajes y aquellos labios de fuego? Sí, sin duda. Cuánto la había amado… pero, ya no podía seguir haciéndolo. Ahora solo amaba los recuerdos de ese pasado; no a ella.
Las sombras comenzaron a oscurecerse cada vez más, como si engulleran todos los objetos de la habitación y del mundo. Las nubes conquistaron la luna hasta volver la luz muy tenue. Los pequeños rayos de plata fueron desapareciendo, la luz, los recuerdos: el amor. Y cuando se extinguió por completo, desaparecí para siempre.
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