Como no recordar cuando te hice mía, recorriendo tu cuerpo como el lago de Venecia.
Saber que un beso, un simple beso, podía detener la torre de Big Ben e
inclinándote hacia mi, como aquella torre de pisa hacia el abismo.
un abismo, si, pero solo tu comprendías el por qué de ello.
Saber que eras Helena, si, Helena. El sublime grito de guerra en nuestra pequeña Troya.
Capaz fue verte diosa y sentirte humana,
recopilando cada gemido como nota sublime del cantar de un violín.
Saber que aquella habitación era nuestro edén, nuestro idilio.
Recordar aquel lazo que nos unió en aquel café del centro de Buenos Aires y,
terminar cenando en nuestra habitación como si fuera la torre de París.
Imaginar por un momento, que tal vez era el sin fin de nuestra era, y el comienzo de una nueva.
Determinar el nivel de tu embriaguez con cada beso, y comprender qué, era ese lugar.
Verte solloza y al mismo tiempo tan acelerada por el deseo de placer,
Éxtasis de lujuria y pecado. Pero... que mayor pecado de no haberte hecho mía.
Bienaventurados nosotros, que recorrimos cada uno parte de nuestro ser,
conocer cada partícula de nuestros cuerpos y saber que estando junto a mi,
nos convertíamos en polvo de miles de estrellas que morían sin conocer su destino.
Tus ojos fijos, era perderme en la iris de un sin fin de universos,
donde era la muerte y renacimiento de los dos.
Entre átomos y protones comprendimos que,
terminaríamos convirtiéndonos en una gran ecuación de Dirac.
Nos volveremos a reencontrar dijimos, y sabíamos que desde aquella vez.
Nosotros no volveríamos hacer los mismos.
C´est la vie.