Ya sea por esperanza o por influencias por parte de la religión, nos hemos hecho a creer a nosotros mismos que hay vida después de la muerte. Y, aunque esto no es científicamente comprobado, encontramos sosiego en pensar que podemos reencarnar en otros cuerpos o simplemente pasar a otro plano llamado paz espiritual o paraíso.
Sí hablamos sobre el antiguo Egipto, recordemos que la figura más importante en la línea de mandato eran los faraones. Un faraón era considerado como un Dios terrenal, como alguien que simplemente era de otro mundo, cuando era un simple humano. Cuando un faraón moría, era necesario que todos los sirvientes a su alrededor fueran enterrados vivos, para que en al faraón no le faltara ningún tipo de atención en la otra vida. No solo bastaba con eso, los consejeros reales y las esposas también debían ser sacrificados.
Este acto se llamaba anumarana.
Esta influencia fue llevada a otras religiones, las cuales hasta el siglo pasado seguían siendo practicadas. En la cultura hindú, era un tanto polémico, ya que las mujeres de los difuntos tenían que lanzarse contra la urna de su esposo y calcinarse voluntariamente para seguirlo después de la muerte.
Este rito y la mujer directamente era llamado sati, palabra que significa en mujer santa en sánscrito.
Visto desde el punto occidental, miramos al sacrificio femenino como un completo insulto, como para mujeres y hombres. El hecho de que una mujer tenga que seguir como un perro a su esposo después de muerto y ser forzada a suicidarse para seguir un ritual, a mí me parece bárbaro. Se le atribuía a los hombres como seres supremos que no merecían estar solos, y, aunándole a esa payasada, otra de las razones por las cuales la mujer debía ser sacrificada era para evitar que se metiera con otros hombres y cumpliera su papel de fidelidad.
La importancia de las esposas era reducida a un punto en el que se les veía sumisamente como una perra faldera, una acompañante, un extra. Alguien que no tenía poder de voto, ni habla, y carecía de decisión propia.
Debo recalcar, este tipo de rituales eran parte de la religión hindú, por lo que, sí se negaban podían ser castigadas de manera peor e igual modo las llevarían a la muerte. O sea, que iba a ser lo mismo, pero con repudio. No fue hasta 1853 que se hizo la primera restricción del rito en Nepal, la cual consistía en que si la esposa tenía menos de 16 años no debía morir, o sí tenía hijos menores de 9 años.
Para la dictadura de Chandra Shamsher en 1920, este el sati fue completamente prohibido.
Este simplemente es otro de los miles ejemplos acerca de lo extremistas que pueden ser las religiones. También recalco, particularmente en la cultura hindú se creía en la reencarnación, por lo que, cuando moría la mujer y el hombre, se creía que ella simplemente estaba cambiando de cuerpo.
Fuentes e info, 2, 3