Sé que no puedes leerlo, ni verme, ni sentirme cerca aunque tus deseos digan sí y tu boca diga no. No sé como seguir acercándome sin sonar pedante, o sin sonar como sí estuviera desesperado para que vuelvas, y vuelvas y volvamos, y que todas los sinónimos que justifiquen un retorno vuelva, que vuelvas siempre sin ser volátil.
Sé que guardaste tus sentimientos y sensaciones dentro de una cajita de hierro impenetrable, ese que me he cansado de golpear y golpear al punto de gritar, de rasgarme la garganta y sacarme los ojos y suplicar por tener amnesia, amnesia de los tuyos.
A veces quiero echar el tiempo hacia atrás, despertar sin sentir el pecho como sí lo empezaran recién a mutilar. Voy por la calle como un alma andante, con los pies confundiéndose, con la gente riéndose, del indigente, del cuerpo inerte, de la inconsciencia presente, de tu cara en mi mente. Vete, pero sí te vas no va a haber fuerza en el universo que me impida quererte.
Quererte aquí y ahora, sintiéndome en una pecera con el predominio en grasa, con la cabeza gacha y los párpados rojos, remolinados en no esperanza. Mis amigos me dicen que una puerta significa que se abrirán muchas más, pero estoy tirado en el piso de la cocina sintiendo que ya no puedo más.
Me burlé del ladrón que vino el otro día, con algarabía, pidiéndome mis pertenencias y me reí porque no tenía, te encargaste de dejarme en la ruina y no en modo monetario, se debe a mi ausencia de ti, del amor y el sentido de resguardo, de presencia, de casa y de abrigo, y de todo los componentes que justifiquen el fin de estar feliz contigo.
Desolación, decepción, podría escribir una canción, que exprese mil veces la decepción y la sensación de no ser y de no tener lo que siempre pensé que no se iba a ir, lo que siempre pensé que seguiría aquí. Desolación, incomprensión y desastre, desastre de mente y de cuerpo, desastre entre pensamientos, desastre de extrañamiento y un incomprendido sentido de enamoramiento.
Comienzo a pensar que tengo el pecho abierto.
Algo de buena música: