Son muchas las personas que se quejan de que la medicina no logra curar sus enfermedades, principalmente en casos de enfermos crónicos. Esto es debido a que muchas veces se deja de lado una parte muy importante de la enfermedad: los aspectos emocionales y sociales que están influyendo tanto en la etiología de la enfermedad como en su mantenimiento a lo largo del tiempo. Desde las últimas décadas del siglo XX las enfermedades crónicas se han incrementado significativamente transformándose en una de las principales causas tanto de la reducción de la calidad de vida de la población mundial, como del aumento de las tasas de mortalidad. Entendiendo la enfermedad como un proceso de afección caracterizado por una alteración perjudicial de su estado de salud, en donde estos estados vienen a ser multi-causal.
Sin embargo, aunque el principal objetivo de las ciencias de la salud y de la atención sanitaria consiste en mejorar la salud y/o tratamientos, la cura de enfermedad y la reducción de sus síntomas, es necesario abordar resultados más generales de los tratamientos y servicios de la atención sanitaria como lo es el bienestar del paciente. El objetivo es entonces reducir los síntomas pero esto depende primeramente de la disposición del paciente ante el tratamiento y ante el médico.
Con respecto a la adherencia al tratamiento, esta constituye actualmente un importante problema de salud pública a nivel mundial, ya que muchos pacientes se rehúsan a seguir cabalmente su tratamiento o indicación médica. La adherencia al tratamiento ha sido definida de diferentes formas, pero principalmente como el cumplimiento o seguimiento de las instrucciones médicas. Con el trascurso de los años se ha ido superando esta connotación reduccionista, otorgándole cada vez más un papel activo al paciente. Así como también, la adherencia a otros aspectos no farmacológicos que hacen parte de los tratamientos (como la modificación de hábitos alimentarios, la actividad física, el buen manejo de las emociones, entre otras), ha empezado a considerarse importante dentro del mismo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) en el 2004 define la adherencia al tratamiento como “el grado en que la persona ejecuta acciones como el cumplimiento de los medicamentos y adopción de estilos de vida saludable, las cuales fueron recomendadas por el personal de salud”.
De acuerdo con Oblitas (2006), expresa que la adherencia al tratamiento es el “grado en que una conducta que coincide y es propiciada para cumplir con la indicación médica o de la salud, refiriéndonos a un tratamiento específico, practicada de una manera activa con convicción”.
Por otra parte, Daniel Goleman en 1997 nos define la inteligencia emocional como la capacidad que posee una persona para manejar una serie de habilidades y actitudes. Entre las habilidades emocionales se incluye la conciencia de uno mismo, la capacidad para identificarse, expresar y controlar los sentimientos, la habilidad de controlar los impulsos y posponer la gratificación así como la capacidad de manejar la tensión y la ansiedad.
Tomando en consideración lo antes mencionado, cabe destacar que los pacientes al momento de asumir el compromiso de la adherencia al tratamiento que corresponde a su condición de salud o enfermedad, podrían asumir a su vez como una de las estrategias de afrontamiento la inteligencia emocional.
En los cuidados médicos modernos a menudo carecen de Inteligencia Emocional, como hace referencia Goleman en su libro Inteligencia Emocional
“el problema surge cuando el personal médico pasa por alto la forma en que los pacientes reaccionan a nivel emocional…”.
Para el paciente cualquier encuentro con una enfermera o con un médico puede ser una oportunidad para obtener información, consuelo y/o tranquilidad; y si se maneja inadecuadamente, puede ser una invitación a la desesperación. En promedio existe un aumento de las prestaciones médicas como para inferir que una intervención emocional debería ser parte corriente de la atención medica de todas las enfermedades graves. Ha llegado el momento de que la medicina saque un provecho más metódico de la relación que existe entre emoción y salud.